Por el culo

Francisco Cabanillas. LQS. Junio 2019

Esta tarde la cena azul es crónica del cuerpo.
Rafael Acevedo

… por ahí comas carne y por la boca mierda…
Francisco de Quevedo

Te ano…
YS

I

En una novela gastrocentrada como Simone (2015) de Eduardo Lalo, el silencio de la dimensión melómana contrasta con la proclividad que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, muestra la narrativa puertorriqueña por la música popular, como en el caso emblemático del cuento “Historia de arroz con habichuelas” (1982) de Ana Lydia Vega:

“Habichuelas, por su parte, dirigió el combo del sabor como para el Festival Casals: Calabaza se la comió con la conga; Pimiento le dio duro a los bongós; Cebolla se lució con el timbal; Jamón agitó las maracas con maestría. Campanas de pascua sacó Tocino del cencerro y Ajo desplegó sus dientes como piano de cola. La cosa es que aquella salsa sabía a gloria, que se le subía a cualquiera por los pies hasta las tripas, aceitándole la maquinaria al boricua más renegao.”

Ante el vacío melómano de Simone, como compensación, este ensayo se remite a un tema clásico de la música puertorriqueña de la diáspora, “Cocinando” (1972) de Ray Barreto; poco más de diez minutos de goce considerados, según Carlos A. Gulfo Berrocal, la “máxima creación salsera” de Barreto (tema que también se puede considerar jazz latino de principios de los setenta).

¡A comer!

II

La poesía de Luis Palés Matos, “Menú” (1942), abre las puertas del ambigú antillano: “Mi restorán abierto en el camino / para ti, trashumante peregrino. / Comida limpia y varia / sin truco de especiosa culinaria.”

Simone. Tensión entre el ojo y el oído. Fricción. Complicidad; la lectura y la mirada se alían contra el oído. Simone lo quiere todo para el ojo que lee y que se alimenta del arte (nada para la música).

Desde esa intensidad visual, Simone se desborda, chorreándosele encima a la novela grastrocéntrica costarricense D. Juan de los manjares (2013) de Rafael Ángel Herra: “La cocina es el lugar de los dioses si el deseo crepita y flotan los aromas del placer sobre la carne.” La novela gastrocéntrica que más conecta el ojo con la mirada que lee y que come: “cada combinación gastronómica es un relato.”

Ocular. D. Juan de los manjares, novela que come con los ojos; y que, a contrapelo, nos condiciona a los lectores a leer/comer poco en cada uno de los muchos y breves capítulos sin numerar que la conforman, clave de una narración fragmentada, metanovelísticamente fragmentada, salpimentada con referencias filosóficas: “El discurso del método [referencia a Descartes] empieza con la mirada.”

Novela sin índice (como un restaurante sin menú que pone los platos a la vista): “En el instante de leer el primer párrafo, te conviertes en mirón. Escucha bien, querido lector…”

Si leer es como comer, propuesta que consideramos clave en D. Juan de los manjares, entonces la novela, tipo chef, pone sobre la mesa capítulos breves, demasiado breves, que estimulan el apetito de los lectores, deseosos de más fragmentos narrativos de rápida ingesta; platillos que provocan —¿perversidad literaria?— un rechazo a los pocos capítulos largos de la novela, como el titulado “Maracuyá al ron ardiente” (222-35), capítulo que nunca llega a ser realmente largo. ¿Giro antiescritura en un banquete (meta)narrativo?

Gastronovela: “No hay nada más importante en la vida que un buen caldo de gallina caliente… ni un viaje al centro de la tierra con Jules Verne lo supera…”

III

Con violencia surrealista, de la que estalla al cese de la Segunda Guerra Mundial, irrumpe La mujer famélica (1945) del artista chileno Roberto Matta. Hambre con hocico de perro feroz. Apetito con ganchos en vez de dientes; lengua dura como un palo. Cara de un animal con furia porcina.

Mujer hambrienta que, en su ferocidad, se come a la madre (cuyos pechos, en contraste con los de la pintura de Wifredo Lam, casi ni vemos).

Hambre que ladra.

Apetito con dedos de mujer.

Política de una lengua que se agarra las manos con el hambre, sobre una mesa clavada en el vórtice de un grito silencioso.

¡Perra hambre!

IV

Del hambre feroz a la ferocidad de cuatro hombres que, hastiados del orden burgués, demasiado burgueses, deciden, en La gran comilona (1973) de Marco Ferreri, comer hasta reventar (en un caso, literalmente). Película que se divierte con la glotonería de cuatro burgueses exitosos, pero inconformes, que deciden suicidarse por la boca (y por el sexo) deglutiendo hasta morir platos clave de la mesa burguesa:

“el paté de canard (pato), el paté de jabalí, el caviar de berenjenas, la lasaña ‘Andréa’, el lechón al horno con relleno de castañas, la gallina de Guinea al horno, el osobuco, la pierna de cordero al spiedo, el cocktail de camarones y uno de los postres del que se tenga más recuerdo en una película: la torta en forma de dos enormes tetas azucaradas” (Pablo Castriota, 2012).

Hedonismo fuera de foco, desbocado; consumismo que se come a sí mismo, por lo cual, desde un hedonismo ético y estético, el filósofo Michel Onfray apuesta, en La razón del gourmet (1995), por la “razón dietética,” siempre crítica de la glotonería del gourmand. Nunca la borrachera, dice la “filosofía del gusto” de Onfray, sino las “embriedades” sinestésicas.

El “banquete grotesco” (Castriota) de La gran comilona reaparece más de una década después en otra película, El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989) de Peter Greenaway; ahora como una venganza caníbal que la mujer maltratada, esposa del ladrón, ejecuta sobre su marido abusador, a quien, a punta de pistola, obliga a manyar el cuerpo cocido, preparado por el cocinero, de su amante (el de ella), ultimado por el esposo celoso (el ladrón). Por la manera en que éste maltrata al cocinero (y a todos los demás), la película de Greenaway nos catapulta a la novela de Simon Wroe, El chef (2014):

“Una ajetreada tarde de sábado a principios de diciembre… el ogro pide un soufflé… ¡Un soufflé de frambuesa, pedazo de gilipollas!… ¿El soufflé, mamón?… Bob quiere un soufflé de frambuesa que está pedido hace media hora. Apoya las palmas sobre la mesa de pase, con la cabeza sudorosa bajo las bombillas calientes, y asoma la papada para gritarle a… El Gran Bob, en todo su patético esplendor… Bob… con sus berrinches de niño malcriado. El tirano. El payaso. El cabrón…”

V

Entre el hambre y la glotonería; en el prólogo del homenaje-libro de Aida Figueroa de Insumza, A la mesa con Neruda (2000), Volodia Teitelboim comparte el sueño “antihambre” del poeta chileno, quien, asegura la prologuista, “nunca fue un comensal individualista.” Nada menos que “rodear la circunferencia de la tierra con una mesa democrática, redonda y continua en la cual todos y cada uno de los mortales tuvieran derecho a asiento” (Teitelboim).

Por ser enemiga del hambre, Neruda le regala una oda a la papa. En otro de sus gastropoemas,
“El gran mantel” (1958), al abogar por la “justicia del almuerzo,” dice el poeta: “Tener hambre es como tenazas, es como muerden los cangrejos, quema y no tiene fuego: el hambre es un incendio frío.”

Según Alcarabán, tras haber pasado hambre en su infancia, Neruda “se convirtió, casi sin pretenderlo, en un sibarita con todas las características de un glotón, según él mismo reconocía” (Entretanto, 2015).

Por contigüidad gastroliteraria, hay que poner junto al plato de Neruda el monumental libro del escritor nicaragüense Sergio Ramírez: A la mesa con Rubén Darío (2016). Retrato culinario de otro poeta, esta vez un gourmet (contrario al gourmand que terminó siendo Neruda): Darío, el poeta modernista para quien la cocina debía considerarse una de las “Bellas Artes.” En “La afición secreta de un poeta,” Rodrigo Riquelme enumera algunas de las delicias de Darío: “sopa de albóndigas, puchero canario, faisán a la China, sopa de tortuga, patitas de cordero, chuletas adobadas, requesón, iguana y el dulce de crema de boniato… (2017).

De los tres epígrafes iniciales con que arranca A la mesa con Rubén Darío, ni el de Joseph Conrad, sobre la intencionalidad incuestionable de los libros “que tratan de la cocina,” cuyo “objetivo” no puede ser otro que “acrecentar la dicha de la humanidad”; ni tampoco el epígrafe de Michel Onfray, “La boca es el lugar de la historia y la historia no es más que un perpetuo recomenzar,” ninguno se compara con el epígrafe de Walter Benjamin (el tercero):

“Quien siempre comió con moderación, nunca experimentó lo que es una comida, nunca sufrió una comida. Así, a lo sumo, se conoce el placer de comer, pero no la voracidad, el desvío desde la llana avenida del apetito hacia la selva de la gula. Porque en la gula se juntan ambas cosas: la desmesura del deseo y la uniformidad de aquello con que se lo sacia.”

VI

Más allá del gourmet y del gourmand asoman los banquetes antropofágicos de la novela puertorriqueña del primer lustro del siglo XXI; por un lado, Exquisito cadáver (2001) de Rafael Acevedo, y por el otro, La muerte de mamá (2004) de Yván Silén.

Imantación; ¿chirriar de dientes entre “lo crudo y lo cocido” (1964) de Levi Strauss?

En la novela de Acevedo, Exquisito cadáver, la ciencia ficción, en complicidad con la novela detectivesca y la poesía (prosa poética), aborda dualmente la antropofagia. Bifurcación; proliferación y acumulación. Condensación.

Por un lado, está la eventual comilona del cuerpo muerto, crudo pero aderezado, del Administrador de Sistemas, listo para ingresar al horno (quema que la novela corrobora después, cuando habla de que “alguien lo había cocinado”); por el otro, está, como metáfora metanovelística, el cuerpo devorado de la propia novela, tanto detectivesca como de ciencia ficción, que la escritura (o la poesía) se come:

“Tampoco quisiera atrapar al mundo en una palabra. Nombrar, sin embargo, como si decir, para mí y para los otros, fuera un diván en el que se acomoda cualquier síntoma, hasta el síntoma peculiar de creer que se está vivo. Y no hay libro, no hay papiros que logren cazar la imagen de la época: esa mueca veloz.”

Antropofagia al cuadrado; ingesta del cuerpo humano y del cuerpo de la novela. Entre comer, comerse (sobretodo sexualmente) y ser comido, Exquisito cadáver se plantea como una novela con hambre poética, demasiado poética.

En la novela de Silén, la autoficción y la metaficción llevan la novela corta al límite de la poesía. Pero sobre todo, en La muerte de mamá el personaje-escritor que escribe (a petición de la madre moribunda) la novela que leemos, edípico y matrial, un “poeta prohibido,” ¡qué no maldito!; ese personaje perverso, juguetón y narcisista, hornea a su madre muerta —¡se la come!— en un banquete familiar que, no obstante, ella, la madre-autoritaria, exige como último deseo.

¡Qué me coman todos! (demanda la madre al morir).

Festín familiar. El hambre del hijo-poeta —“Di la orden de comer y comimos. Metí la cuchara en el ojo derecho de mamá y lo vertí en el plato hondo que habíamos preparado para la sopa. El ojo perlado, el ojo del pez ahumado, me contempló. Lo recogí nuevamente del plato y me lo llevé a la boca.”— hace temblar a Félix Córdova Iturregui en su larga entrevista a Silén, “Entre el Fatum y la moira o cómo se llama Yván Silén” (2008).

VII

Nadie, sin embargo, le ha dado una vuelta más furiosamente política a la ingesta —¡a comer!— que la CIA en Guantánamo, según el reporte del Senado de Estados Unidos que investigó las prácticas de tortura de la CIA (2014).

En vez de, como estipula la medicina contemporánea, la inserción de un tubo de la nariz al estómago; en vez de la vía intravenosa, los médicos de la CIA decidieron alimentar por el recto, una práctica anacrónica, demasiado anacrónica, a los presos politizados de Guantánamo, se cagaron en la promesa fundacional de Hipócrates, según la cual el galeno se compromete a nunca hacerle daño al paciente.

Para romper la tenacidad de la huelga de hambre de los confinados musulmanes, para disciplinar a los que osan resistir la tortura cristianocéntrica, los verdugos de Guantánamo rompieron también la ética del chef que subraya Michel Onfray en La razón del gourmet (1995); según la cual el telos del cocinero no es otro que el de satisfacer al comensal, darle placer, sin hacerle mal.

Malos médicos, peores cocineros; una de las enemas preparadas por los torturadores anales de la CIA era de hummus, pasta con salsa y nueces.

El periodista Brian Merchant resume la política de alimentar por el culo: “La CIA, por su parte, no niega la alimentación rectal, pero asegura que todo estaba en regla. ‘La respuesta de la CIA en junio del 2013 no habla sobre el uso de alimentación rectal con los detenidos de la CIA’ dice el informe, ‘pero defiende su uso como una ‘técnica médica muy reconocida’» (2014).

VIII

YouTube: la imagen de Gadaffi en sus últimas horas de vida, sodomizado con el cuchillo que lo clavó a través de los pantalones, reitera el culocentrismo punitivo imperial usamericano (mismo que agenció el magnicidio del líder libio y que alimentó por el ano a los confinados de Guantánamo).

¡Mierda!

Desde un fragmento de la película La virgen de los sicarios (2000), basada en la novela homónima del colombiano Fernando Vallejo, la torcida ingesta rectal de la CIA es enderezada: “El culo que coma mierda” [nunca hummus, pasta con salsa y nueces].

Jaque; tranque que, desde Guantánamo, compromete, en “Gracias y desgracias del ojo del culo” (1623), al ilustre poeta español del Siglo de Oro, Francisco de Quevedo, que no previó la gresca de la CIA: “Pero ¿cuándo por el pacífico y virtuoso ojo del culo hubo escándalo en el mundo, inquietud ni guerra?”

Por el culo. ¿Olor a cobre? (Edgardo Rodríguez Juliá).

Más artículos del autor
* Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua castellana, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995), Pedreira nunca hizo esto (2007), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014). Miembro de LoQueSomos

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