Mujeres

Silvia Delgado*. LQS. Marzo 2019

El 23 de julio de 1936 Queipo del Llano dijo en Radio Sevilla: “Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecían, ¿no han estado jugando con el amor libre? Ahora por lo menos sabrán que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen.”

Huyeron muchas pero otras muchas se quedaron
en sus casas proletarias,
en sus humildes alcobas,
con sus cucharas vacías y las ventanas cerradas.
A oscuras para que no se viera la vida
porque la crueldad husmeaba cada una de las rendijas.

Se quedaron en sus casas respirando en voz muy baja
porque ebrios de patria y de victorias querían también el triunfo de reventarlas.

Se quedaron en sus casas, no huyeron,
pensaron que la mala suerte quizá las esquivaría
pero la suerte nada sabe de vísceras y de lascivia.

Los vieron entrar en sus portales,
escucharon pasos acercándose con prisa,
el aliento se detuvo,
la guerra se ensañaría con sus pechos y sus vaginas
y, antes muertas que violadas,
se tiraron por la ventana.

Un instante, eso fue todo,
Un instante.

Sobre el suelo sin empedrar, los cadáveres no lloran.
Sólo lloran las que sobreviven y su presente es el pasado lacerando cada día.
Fueron dueñas de su llanto y de su sangre.
Antes de que los moros y los legionarios entraran a saco en sus entrañas
se arrancaron de cuajo la vida.

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El destino de León Felipe

Arturo del Villar*. LQS. Marzo 2019

Puedo explicar mi vida con mis versos. Puedo sacar mi biografía de mis poemas Así lo estoy haciendo. Siento que mi carne está demasiado presente aún en la aventura poética

Escultura de León Felipe, obra de Julián Martínez en el bosque de Chapultepec (México)

La sublevación de los militares monárquicos en 1936 marcó el destino de los españoles que se vieron obligados a participar en ella de alguna manera, y también de la generación posterior que padeció sus consecuencias. Uno de los más implicados en el devenir de aquellas circunstancias excepcionales fue León Felipe, porque no solamente cambió su vida, sino que también modificó su escritura poética, hasta el punto de convertirse en el poeta más significado del exilio. Y en el exilio mexicano murió el 18 de setiembre de 1968, día exacto en que se cumplió el centenario de la Gloriosa Revolución que expulsó a Isabel II del trono, como si lo hubiera elegido él a propósito para confirmar su amor a la República.

En el prólogo en verso que escribió para presentar su traducción del Canto a mí mismo de Walt Whitman, se preguntó cuál era la biografía del gran cantor americano de la democracia y la fraternidad, y concluyó:

Los grandes poetas no tienen biografía,
tienen Destino.
Y el Destino no se narra…
se canta…

Todas las citas se hacen por la edición de sus Poesías completas publicada por Visor Libros en Madrid en 2010, indicando solamente la página; en este caso, 1114.
Cantó su destino en la abundante obra compuesta en el exilio, mucho más importante que la precedente. Antes de la rebelión militar había editado cuatro libros originales y una antología, y entre 1937 y 1968, año de su muerte, aparecieron trece nuevos títulos, dos antologías y unas Obras completas (1963), que se han continuado con cuatro libros póstumos. La poesía del exilio trata fundamentalmente ese tema, el del exilio, recurrente, por no decir único en su poética. Así se cumplió su destino de español situado en una época crítica de la historia, y se convirtió en el poeta del exilio
Probablemente lo que le hirió el espíritu no fue el hecho de salir de su patria en 1938, ante el giro negativo de la guerra para el Ejército popular de la República, con el que se identificó. No parecía que anteriormente se hubiera sentido vinculado a ningún lugar, desde que en la infancia abandonó su Tábara natal en la provincia de Zamora para iniciar la errancia por España sin dejar recuerdos, porque no tenía “comarca, / patria chica, tierra provinciana”, ni tampoco patria grande, según explica el poema “¡Qué lástima!” de su primer libro, publicado en 1920, Versos y oraciones de caminante (p. 78). Y es verdad que siempre sintió la atracción del camino. Le gustaba caminar para descubrir tierras y gentes, aunque debió hacer un alto en el camino para quedarse tres años inmovilizado en la cárcel, a consecuencia de las deudas contraídas por su mala organización.
Su destino le había impelido a caminar, sin afincarse en ningún sitio mucho tiempo en España, e incluso formó parte de una compañía teatral. Residió en la colonia española de Fernando Poo, y en 1923 se trasladó por primera vez a México, después a Estados Unidos y a Panamá, sin que le disgustara el alejamiento elegido deliberadamente de España. Era un emigrante voluntario, que componía sus versos y oraciones por los caminos, sin sentir nostalgia de ninguna parte por la que pasaba.

El llanto por el exilio

Todo cambió con la sublevación militar. Se sintió obligado a regresar a España para ponerse al servicio del Ejército leal, e integrarse en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Colaboró en la guerra como miliciano poeta, y cuando ya se vio que estaba perdida para la República, debido a la colaboración de los nazis alemanes, los fascistas italianos y los viriatos portugueses con los militares rebeldes, mientras el mundo cumplía el Acuerdo de No Intervención solamente para no ayudar al Ejército leal, salió de España, esta vez como exiliado político, y para siempre.
La fecunda etapa del exilio consiguió retenerlo la mayor parte del tiempo en el Distrito Federal de México, en donde tenía una esposa, un trabajo seguro, una casa propia, una patria chica y una patria mayor de adopción. Reunió lo que nunca antes había poseído, y pese a ello se sentía dolorido y lloraba. Es una extraña situación. Hasta entonces no había tenido nada, abandonó voluntariamente cuanto poseía, incluso la patria, sin sentir ganas de llorar por eso: gozaba de su libertad para explorar caminos. Todo cambió a partir de marzo de 1938, cuando inició su camino con la España peregrina, como la llamaron los republicanos exiliados al titular una revista. El romero que se retrató en su primer libro caminando por el placer de hacerlo, había pasado a convertirse en un peregrino sin saber adónde le llevaría su destino de español republicano derrotado en una guerra cainita.
No había sentido extrañamiento durante su caminar de viajero voluntario, pero el exilio político forzoso le obligó a llorar por su destino. Por eso tituló un libro Español del éxodo y del llanto, el poemario ya impreso en México en 1939 con la expresión del dolor provocado por el exilio. El llanto fue su refugio desde entonces, hasta hacerlo norma poética, hasta el punto de escribir: “Creo en la dialéctica del llanto” (p. 271).
Es curioso constatar que otro poeta compañero de exilio, también muerto en México, Luis Cernuda, se declarase contrario a esa proposición que aseguró no entender, y así lo consignó en el capítulo que le dedicó en sus Estudios sobre poesía española contemporánea (Madrid, Guadarrama, 1957, p. 144), con lo que demostró una incomprensión absoluta acerca del sentimiento personal inspirado de la poesía, que parece inconcebible en él precisamente:

No veo cómo podrá ayudar con mis lágrimas, aun suponiendo que éstas estuvieran prontas a correr sin duelo, como las de Salicio, a remediar la situación del mundo, ni en qué la mejorarían los poetas, convirtiéndolo en universal muro de las lamentaciones.

Las lágrimas de León Felipe se canalizaron en sus versos, y de esa manera proporcionaron a sus lectores una posibilidad de compartir el mismo “dolorido sentir”, como dijo Nemoroso en respuesta a Salicio, por seguir garcilaseando. El llanto lírico de los poetas no puede mejorar el caos mundial, como es lógico, pero invita a compartir una emoción que suele ser colectiva. Parece que Cernuda entendió la propuesta de León Felipe al pie de la letra, y no en sentido metafórico. Es cierto que en la poesía cernudiana no se advierte ningún dolor por el exilio en que se vio obligado a vivir y morir, y probablemente por ello no podía comprender la declaración de su colega. Andaba por otros caminos, atendía a otras voces que le aconsejaban acerca de otros temas, y le parecía que León Felipe dilapidaba su voz y perdía su tiempo, recomendando algo que desde luego no iba a cambiar el mundo ni el destino de las personas.

La misión del poeta

Sin embargo León Felipe señaló una definición global de la humanidad cuando se dirigía a Walt Whitman con esta afirmación escueta: “El hombre es la conciencia dramática del llanto.” Y en otro escrito perteneciente a su libro Ganarás la luz (1943) aseguró tajantemente: “No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue ‘¡Ay!’” (511). Una afirmación indemostrable, puesto que nadie sabe quiénes fueron el primer filósofo y el primer poeta, pero significativa por cuanto presupone el origen de la poesía en el dolor, algo que importa para comprender su motivación para escribir.
Mediante esta teoría no pretendía llegar a un masoquismo estéril, sino establecer un medio de comunicación. Quiso convertir su historia personal en un resumen de los sentimientos generales, cosa únicamente permitida en la poesía. Es probable que su aproximación a Israel se debiera a las lamentaciones de sus profetas contra el pueblo contumaz, al que anunciaban toda clase de desgracias, con ayes asegurados.
Lo mismo que el profeta, el poeta se encuentra solo en ocasión de exponer su mensaje, y a menudo también clama en el desierto, porque sus recomendaciones no son atendidas. Eso no le desanima, sino que continúa expresando las causas de su dolor. En la creencia de León Felipe el poeta tiene una misión, que debe cumplir por encima de cualquier circunstancia adversa. Ha de valerse por sí mismo, si quiere llegar a terminarla satisfactoriamente, sin pedir nada ni esperar nada, como no sean el desprecio o la incomprensión de sus oyentes o lectores.
Esta idea se hallaba arraigada en el poeta, puesto que ya la anunció con ocasión de dar su primer recital en el Ateneo de Madrid en 1919, según su recuerdo, o a comienzos del año siguiente, según corrección de su amigo Gerardo Diego, basada en los suyos y expuesta en el prólogo a su Obra poética escogida, editada por Espasa—Calpe en Madrid en 1975. Fuera cuando fuese, que la variación es de poca importancia, lo interesante es saber lo que explicó entonces a sus oyentes: “La belleza es como una mujer pudorosa. Se entrega a un hombre nada más, al hombre solitario, y nunca se presenta desnuda ante una colectividad.”
De esa rotunda aseveración se deduce que si el poeta anhela conocer a la belleza para describirla en sus escritos, ha de dirigirse a ella en solitario. La mención de la belleza se comprende en el comienzo de su escritura, porque después iba a procurarse una musa menos esplendorosa pero más persuasiva, incluso fea. En lugar de la palabra belleza entendemos poesía, y aceptamos que se revele a un hombre nada más, ya que en el momento de la creación no es necesaria ninguna compañía, así como en la predicación de los profetas bíblicos bastaba con uno solo para alertar al pueblo. Lo que debe hacer el poeta es conseguir la complicidad del lector o del oyente.

Con el pueblo

El poeta establece la comunicación con la belleza, o la poesía o la musa, según se prefiera entender, pero no se limita a disfrutar él solo de esa comprensión, sino que se dispone inmediatamente a ampliarla a los demás. Así cumple la responsabilidad adquirida. El poeta que se guardara para sí solo cuanto ha recibido en esa inspiración (palabra a menudo denostada, pero necesaria) lírica sería indigno de recibir ese nombre. De hecho, el escritor que compone un poema procura enseguida hacerlo público de alguna manera, la más usual era haciéndolo imprimir, aunque ahora dispongamos de otros medios electrónicos más rápidos para establecer la comunicación con personas desconocidas.
La utilidad de la poesía reside precisamente en esa posibilidad de comunicarse con un incierto número de personas, a las que el autor desea hacer copartícipes de sus ideas. Este punto resulta esencial para entender las intenciones estéticas de León Felipe. Cuanto queda escrito se refiere a su poética, que en algunos casos pude extrapolarse a otros poetas, sin generalizar. Entendía él que el poeta se dirige al pueblo, se preocupa por el pueblo, quiere convertirse en su portavoz, pero lo hace partiendo de su experiencia personal. Comienza por interpretar él las voces que escucha en su soledad, para transmitirlas enseguida, o bien se decide a copiarlas para solicitar la colaboración de los lectores.
Nunca se queda con nada de lo recibido, sino que lo devuelve todo más sencillo, más clarificado por su mediación y su conocimiento íntimo de las cosas. La percepción del poeta es el puente permisible y forzoso, un puente tendido en la historia. La voz no le pertenece al poeta, sino a la humanidad a lo largo de su historia. Vida y poesía son una misma cosa: la poesía es autobiografía, en la que se materializa el destino del poeta, como escribió sobre Walt Whitman y quedó citado antes. No caben dudas acerca de ello, según explicó en Ganarás la luz:

Puedo explicar mi vida con mis versos. Puedo sacar mi biografía de mis poemas Así lo estoy haciendo. Siento que mi carne está demasiado presente aún en la aventura poética (483).

Al final la memoria dejada por el poeta es su poesía, su voz hecha patrimonio de la humanidad entera. En consecuencia, no hay más que un solo poema en el haber de cada poeta. Es decir, el poeta vive su vida al realizar su responsabilidad, por lo que su biografía es su poesía desarrollada a lo largo de los libros y los años. Una postura alejada del narcisismo o del esteticismo. La vida del poeta no es suya, puesto que su destino limita su estancia en el mundo a ser responsable del pueblo.

La experiencia del lloro

Pretender negarse a esa entrega total a la poesía sería la peor de las deserciones, puesto que equivaldría a abjurar de la vida misma, con lo que se harían imposibles al mismo tiempo la poesía y la biografía, y no podría cumplirse el destino del poeta. Véanse los “prologuillos” a su primer libro, en los que dejó expuesta una poética en trozos, que iría cumpliendo en sus publicaciones sucesivas. Por ejemplo mejor, recordemos su pena porque la poesía no esté dada a todos los seres,

al príncipe y al paria,
a todos…
sin ritmo y sin palabras
(62).

Se comprende así porque la poesía, por supuesto, no se reduce al verso, ya que es la vida misma, y se comunica por el hecho simple del existir:

Deshaced ese verso.
Quitadle los caireles de la rima,
el metro, la cadencia
y hasta la idea misma…
(72).

Para que la autobiografía que es asimismo testamento del poeta sea válida necesita contar con una serie de requisitos imprescindibles. Uno de ellos consiste en que sea peculiar, que tenga voz propia y se exprese de tal manera que todos sean capaces de atenderla. Es aleccionador, en este sentido, un poema de senectud, incluido en su último libro, ¡Oh, este viejo y roto violín! (1965), al que podemos considerar un resumen de la poética de León Felipe explicada desde la experiencia consumada de su destino:

Aquí no hay más acento que el mío.
Este poema lo he inventado yo…
¡Y yo impongo el único acento que me sirve!
¡El mío!
Es un versículo que yo uso ahora por vez primera.
Es un versículo que sólo se consigue con los años.
Yo tuve que cumplir ochenta años
para poder usarlo.
¡Y haber llorado mucho!
Es un acento que me viene de muy lejos…
(745).

Maticemos la declaración de que sólo se consiga con los años: lo cierto es que la experiencia acumulada en la transmisión de los mensajes a lo largo del tiempo permite dominar perfectamente el empleo de las palabras, aunque el poeta ya demostró saber expresarse así desde el primer momento, desde que asumió gozoso su destino para alertar al pueblo como su portavoz, y además siempre quedará latente el misterio de la inspiración.
En todo caso la exactitud de sus palabras nos conmueve, porque resumen efectivamente una larga vida a manera de testamento. Su destino resultó trágico, le obligó a convertirse en un español del éxodo y del llanto, debido a las convulsiones de su tiempo vital, y lo cumplió y lo relató para justificarse ante la posteridad por haber llorado tanto.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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Tina Modotti

Silvia Delgado*. LQS. Marzo 2019

Tina Modotti se alistó en el quinto Regimiento y trabajó en las Brigadas Internacionales durante la Guerra de España.
Junto con Norman Bethune y Matilde Landa organizaron la red de acogida de Almería para atender a los miles de refugiados que llegaban huyendo desde Málaga de los feroces ataques fascistas.

No pudo tu corazón con la derrota.
No pudo con el recuerdo de los desesperados que corrían hasta tus brazos.
No pudo con el recuerdo de aquellos niños flacos que llegaban locos por la infamia de las bombas que consiguieron demenciarlos.
No pudo con el recuerdo de miles de infancias que huyeron de los escombros y la metralla.
Porque aquellos ojos rotos, porque aquellos llantos hondos, porque aquellos cuerpos heridos, menudos, tibios, venían de la barbarie.
Y tú creíste que con tu corazón solo,
que con tus manos solo,
que con tu pecho calmo uno a uno conseguirías arrancarles de cuajo el horror y las ausencias con las que llegaron a Almería.
Pero en tu corazón anochecía.
El espanto era un gigante indomable que devoraba tu carne.
Y te tragaste la ira a pedazos muy grandes
y les encontraste cobijo y repartiste pan y pudiste curarles
y conseguiste al fin que algunos pudieran marcharse a vivir otra vida lejos del miedo y del hambre.

Después llegó el triunfo de los más miserables
y corriste al exilio a continuar auxiliando a aquellos que en Francia
encerrados en jaulas morían de pena.
Y después hubo otros después.
Finalmente, en México,
la tristeza partió en dos tu inmensa ración de esperanza.
Allí, acabó Tina Modotti, una mujer de leyenda.

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Cancionero de Miguel Hernández

Arturo del Villar*. LQS. Marzo 2019

No pudo ir a la Universidad, aunque ahora es objeto de muchas tesis doctorales, y los catedráticos explican su arte poética. Paradojas de la vida española

Probablemente será Miguel Hernández el poeta español más musicalizado y cantado, lo que implica que es también el más popular. Realmente fue un poeta del pueblo, casi autodidacta, puesto que apenas acudió a la escuela en su infancia, y no tuvo más formación superior que la alcanzada mediante la lectura de libros mientras cuidaba las cabras, libros que debía ocultar para que no se los rompiera su padre. En su caso sí puede asegurarse que nació poeta, y por ello venció cuantas dificultades se le opusieron en su corta y triste vida.
Sus poemas resultan muy musicales gracias a las rimas sencillas. Los versos rimados siempre son fáciles de recordar, porque el primero tira de los demás. La poesía de Miguel Hernández es popular debido a que todo el mundo la comprende, es adecuada para la inmensa mayoría de los lectores u oyentes, que además se involucran en ella. Por eso tantos compositores e intérpretes han utilizado sus versos para envolverlos en la música que ellos mismos poseen. Sabemos cuántos son los que han grabado discos con sus versos, porque Fernando González Lucini los ha relacionado y comentado en un libro que acaba de publicar, titulado Miguel Hernández …y su palabra se hizo música, con la colaboración del Centro Cultural Generación del 27, la Diputación de Málaga y la Fundación Cultural Miguel Hernández.

Tiene 260 páginas de texto y 21 con las reproducciones en color de las carátulas de los discos. No es un ensayo de crítica literaria, sino una recopilación de datos acerca de las grabaciones realizadas entre 1967 y 2018, en 51 años, sobre poemas hernandianos. Solamente relaciona las grabaciones, porque explica que son innumerables las canciones que muchos intérpretes ofrecen en diversas actuaciones, lo que hace imposible enumerarlas. Suma una nómina de 248 intérpretes, con un repertorio de 168 poemas musicados, pertenecientes a los libros de poesía y también a las obras dramáticas.

La música de las palabras

El autor cuenta con una extensa bibliografía sobre música, que incluye libros dedicados a historiar la canción española, sobre pedagogía musical, y biografías de cantantes: con razón uno de ellos se titula Mi vida entre canciones (2017). Hemos comprobado con excesiva frecuencia que las letras de las canciones españolas son ripiosas o absurdas o ridículas. Al estudiar las basadas en poemas de Hernández adquieren un valor incomparable, que debe compensar la mediocridad de los letristas usuales. En cambio, algunas musicalizaciones no consiguen alcanzar la dimensión del texto original. Pese a todo, un recital de canciones basadas en poemas hernandianos tiene asegurada una alta calidad. Llevan la música en las rimas, de modo que invitan al canto.
El libro preferido por los músicos es el último compuesto por el poeta, terminado cuando se acabó su vida en la prisión de Alicante, en donde lo encerraron los vencedores de la guerra, contra los que había luchado con versos. Su título señala ya una característica que lo hace idóneo para ser cantado, puesto que es Cancionero y romancero de ausencias, aunque Lucini lo titula Cancionero y romancero de la ausencia; también hace plural erróneamente el título de Viento del pueblo, en las páginas 35 y 36.
Se pregunta cuál es la denominación más adecuada para este género literario—musical, entre las varias utilizadas habitualmente: canción de autor, nueva canción, canción social o el otro cantar, y propone como preferible la de nuevo canto solidario. En el caso de Miguel Hernández resulta exacto, ya que el poeta expresó unos sentimientos de clase, la situación de quien no posee más que su propio esfuerzo para abrirse camino en la vida. Él lo consiguió en parte, puesto que si logró realizar una obra literaria grandiosa, el vivir cotidiano le fue adverso, tanto como para escribir que tenía los huesos hechos a las penas, a causa de haber nacido bajo un sino fatal, que le condenó como al toro al luto.

Poeta popular y pastoril

A veces se le relaciona con los poetas del grupo del 27, aunque era más joven que todos ellos y no compartió sus actividades líricas. Exageró Pablo Neruda al insultar a Gerardo Diego por no haberlo incluido en sus antologías poéticas editadas en 1932 y 1934, ya que hasta la aparición de El rayo que no cesa en 1936 lo publicado por él es de poco valor. Coincide con varios integrantes del grupo del 27 en esa común atención a la poesía popular habitual en él y también mostrada por algunos de los componentes del grupo. En realidad enlaza con toda la poesía popular de España. Si Garcilaso ponía sus églogas en boca de pastores, “Salicio juntamente y Nemoroso”, en el caso de Hernández no necesitaba disfrazarse de pastor, ya que realmente lo había sido en su niñez. Con la diferencia de que él no reproducía “el dulce lamentar de dos pastores”, sino la crudeza de la vida para los desprovistos de fortuna. En la historia de la lírica española existe un capítulo dedicado a la poesía pastoril, que tras un vacío sin cultivo debiera concluir en Miguel Hernández.
No obstante, difiere tanto de los poetas clásicos como de los llamados del 27 por su condición social: en realidad es un caso de poeta popular que por su tesón llegó a convertirse en un poeta culto. Los que forman el grupo del 27 pertenecían a la burguesía acomodada, incluso había un conde entre ellos, estudiaron en universidades y algunos fueron catedráticos. Aunque en su mayor parte se solidarizaron con el pueblo y sirvieron a la República, lo que les obligó a exiliarse al terminar la guerra, no pertenecían al pueblo por su nacimiento y condición, como era el caso de Hernández, que andaba por Madrid con su traje único de pana y en alpargatas, en busca de un trabajo adecuado para su escasa formación. No pudo ir a la Universidad, aunque ahora es objeto de muchas tesis doctorales, y los catedráticos explican su arte poética. Paradojas de la vida española.
Opina Lucini que las razones por las que se ha convertido en uno de los poetas más cantados y musicalizados son cuatro: en primer lugar la sencillez y la naturalidad de su escritura, cualidades vinculadas a su origen humilde; también a la circunstancia de su dimensión vocacional y soñadora, transformada en realidad gracias a su constante superación personal, que le hizo convertirse en un modelo para los jóvenes contestatarios durante la dictadura, cuando sus libros estaban prohibidos y debíamos copiar las ediciones argentinas que burlaban la censura; en tercer lugar debido a su extraordinaria capacidad para expresar los sentimientos colectivos, lo que dio lugar a unos poemas conmovedores, en los que llega a ser protagonista la miseria, como en las dolorosas “Nanas de la cebolla”, formalmente bellas y terribles a la vez; finalmente, su compromiso personal, político y literario, antes, durante y después de la guerra, con los valores de la República, sintetizados en el lema de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad, por los que combatió.

Poesía para todo

La paciente labor recopilatoria de Lucini demuestra la atención continuada de los cantantes de diversos géneros a la poesía de Hernández, porque se adapta a todos los tonos, timbres y palos, desde los creados por los cantautores hasta el rock, el punk, el rap o el flamenco, y además alcanza a la música sinfónica. Parte de un día en París, porque en España no era posible, cuando Paco Ibáñez musicalizó, cantó y grabó su poema “Aceituneros” en 1967. Esa llamada a los andaluces de Jaén para que se preguntaran a quién pertenecen los olivos, llegó cantada al campo andaluz y se convirtió en un himno reivindicativo, dentro de las limitaciones impuestas por la censura en todos los órdenes de la vida.
Recuerda una triste anécdota relatada por José Ramón Pardo, acerca de aquella España que no era nuestra. Al enterarse un directivo de Televisión Española, la única existente entonces, arma propagandística del régimen, de que un cantante español triunfaba en París, decidió invitarle a actuar en un programa de máxima audiencia, “Gran parada”. Aceptó Paco Ibáñez, llegó, cantó “Andaluces de Jaén”, y tuvo que volver a exiliase y ya no volvió a actuar en la cadena oficial durante la dictadura.

Esta realidad anómala en aquella España censurada no impidió que los cantantes fueran incorporando poemas de Hernández a su repertorio, con las debidas cauteles propias de la época. Con la consecuencia de que algunos intérpretes, como Elisa Serna, Ismael o Pedro Faura, se vieran obligados a exiliarse. Mejor fortuna tuvo Juan Manuel Serrat, probablemente el más conocido y repetido de cuantos han cantado a Hernández, a quien dedicó un disco monográfico en 1972, titulado simplemente con el nombre del poeta, del que afirma Lucini que es “una obra que desnuda ideológica y sentimentalmente a Miguel Hernández y nos ofrece, en primerísimos planos, su inmensa humanidad y su ternura: diez canciones que emocionan y conmueven” (página 69).
No es posible en este comentario resumir los que hace el autor acerca de todos los discos con textos hernandianos, en España y en Latinoamérica. Ocupan la mayor parte del volumen, y ofrecen datos interesantes y curiosos acerca de ese continuado interés por la poesía de Hernández, cada día más valorada por una inmensa mayoría de personas de la más variada condición, tanto las que enseñan en universidades como las que apenas saben leer y se ocupan en diversos oficios en el ciudad y el campo.
Muy interesante es el capítulo en que se facilitan letras de canciones dedicadas a Hernández. Nos conmueve de manera muy especial leer lo que le cantaba Víctor Jara, el mártir chileno por la libertad, que parecía hablar a sus verdugos:

No me asusta la amenaza,
patrones de la miseria,
la estrella de la esperanza
continuará siendo nuestra.

La triste vida de Miguel Hernández le motivó los temas de su escritura, en la paz, en la guerra y en la cárcel. Son temas por eso tan humanos, que forzosamente hieren la sensibilidad de todos los seres de buena voluntad. Por lo mismo son perseguidos por los dictadores.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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Anselmo Antonio Vilar

Silvia Delgado*. LQS. Marzo 2019

Anselmo Antonio Vilar mantuvo apagado el faro de Torre del Mar, Málaga, para dificultar que los aviones y barcos pudieran ubicarse y localizar a la población que huía de los fascistas.
Vilar salvó a muchas personas de las ametralladoras y de las bombas pero su decisión le costó la vida. Pocos días después de la entrada de las tropas faciosas fue fusilado junto a las paredes del cementerio veleño.

Atrás fue quedando el ruido de la muerte y las pedradas.
El plomo reventaba a aquellos que corrían a buscar vida en Almería.
Por miles huían.
Por miles.

Aviones y cruceros
aguardaban pacientes el haz de luz poderoso
que iluminara los rostros de pánico,
que iluminara la piel en carne viva,
que iluminara los bultos desarmados
que morirían.

Pero no fue aquella noche como otras noches harapientas.
No eran navegantes y la luz podía ser una condena nueva para aquellos que venían esquivando otras condenas.

Por eso Anselmo no hizo bien su oficio y dejó apagado el faro. Porque no podía ser también culpable.
Porque aquel paisaje oscuro le hizo temblar el corazón hasta negarse a guiar con su lámpara a los verdugos que acechaban con la mira.
Y se puso a llorar como sólo lloran los hombres decentes.
Y lloró hasta la madrugada intentando frenarla y que nunca amaneciera.
Y lloró Anselmo solo y a oscuras
y lloró Anselmo toda su tristeza
y lloró horas eternas porque sabía que al alba no podría apagar el sol
y la muerte renacería.

A Anselmo lo ejecutaron después por no haber puesto luz sobre las víctimas.
Dicen que no le importó, que no le dolieron los disparos,
que para él fue mejor morir que vivir sin ser humano.

Anselmo Vilar. Farero. Fusilado. Tu humanidad hoy nos alumbra.

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El bostezo nacional según Machado

Arturo del Villar*. LQS. Febrero 2019

Machado conocía al pueblo porque se crió en él. Aunque pertenecía a una familia culta, el abuelo médico y catedrático universitario, el padre abogado y folclorista, en su niñez sevillana escuchó a cantaores y guitarristas que le contaban coplas al padre, y ya en Madrid se educó en la Institución Libre de Enseñanza, en donde se respetaba la cultura popular tanto como la científica

Muchos poemas de Antonio Machado son capítulos de la triste historia de España puestos en verso. Vanos a analizar la personalidad de “Este hombre de casino provinciano”, retratado en su poema “Del pasado efímero”, incluido en su libro Campos de Castilla. Conocía a los contertulios de los casinos provincianos, porque él mismo distraía las horas en ellos, cuando no acudía a una rebotica de un farmacéutico amigo. Tenemos la creencia de que le gustaba más escuchar las opiniones ajenas que expresar las suyas, porque era “misterioso y silencioso”, según el retrato lírico que le trazó Rubén Darío.
De modo que el protagonista del poema es un español medio, como tantos otros con los que debió de reunirse el poeta en los casinos. Un burgués, porque los obreros no acudían a los casinos, sino a las casas del pueblo para intercambiar ideas. Sabemos que es un hombre mayor, tiene el pelo cano y el bigote gris, de modo que en 1915, fecha en que pudo ser compuesto el retrato, contaría alrededor de 70 años. En los labios muestra el hastío y presenta “una triste expresión, que no es tristeza”, sino aburrimiento, porque lo cierto es que no sabe qué hacer para justificar su vida, y por eso pierde el tiempo en el casino.

Su problema consiste en que no se encuentra nada interesante en su cerebro, representado en el poema por la cabeza, al tomar una parte por el todo: se halla “el vacío / del mundo en la oquedad de su cabeza”, una particularidad común a muchos hombres de su tiempo, a juzgar por la reiteración con que expuso el poeta esa identidad nacional, quizá extensible a otros períodos también. Por ejemplo, el número L de los “Proverbios y cantares” en el mismo libro explica:

–Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío?
Doctor ¿tendrá el estomago vacío?
–El vacío es más bien en la cabeza.

Este anónimo personaje del casino también bosteza, y lo hace por aburrimiento al hablar de política, en una de esas pláticas de café en las que ninguno de los contertulios acierta a comentar algo importante, porque carece de inquietudes de cualquier tipo: “Bosteza de política banales / dicterios al gobierno reaccionario”, puesto que él es liberal y espera que vengan los suyos para resolver los graves problemas de España. Pero sus comentarios son banales, seguramente lo que ha aprendido en alguna revista de partido o en los periódicos afectos, no se le ha ocurrido al leerlo en un ensayo, porque no gasta el dinero en comprar libros.

Las dos españas

Como tantos otros españoles, también él espera que vengan a arreglar los problemas nacionales los políticos de su partido. Está convencido de que vencerán en las próximas elecciones, debido a que los gobernantes actuales, los conservadores, han demostrado ser un completo fracaso. Pero él mientras tanto no hace nada para colaborar en esa solución, pasa las tardes ociosamente en el casino, bostezando y esperando que llegue el momento del cambio. Así se enquistan los problemas, denunciados por sus correligionarios en la tertulia del casino, aunque ninguno de ellos decide poner manos a la obra para empezar a actuar con el fin de intentar solucionarlos. Esa dejadez permite que los jóvenes pierdan la confianza en el futuro inmediato, y se contagien de su inacción, como lo relata el proverbio LIV:

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Esas dos españas se encuentran en la misma situación, porque ninguna de las dos hace nada válido, una por hallarse en la agonía y otra por sentirse aburrida. Inevitablemente el bostezo continuado termina en la muerte. Para el español medio el último bostezo se convierte en el rigor mortis. Si en ese instante supremo pudiera expresar sus sentimientos, diría que al fin y al cabo no resultó duro pasar la vida en un bostezo. De esa forma evitó verse obligado a enfrentarse a los problemas cotidianos presentados en el vivir de cada día. Total, se iba a morir lo mismo.
El español joven que quiere empezar a forjar su vida se encuentra desanimado para emprender alguna actividad, debido a que sus mayores le cortan la esperanza de conseguir algo positivo, cuando mira su ejemplo. Quiere vivir, pero se lo impide el común bostezo nacional, que no valora sus iniciativas, sino al contrario, las corta al considerar que no merece la pena actuar. También él acabará malgastando las horas en el casino, criticando a los gobernantes contrarios a su ideología y esperando la llegada de los suyos para poner a España en pie. No obstante, el cambio político no le incitará a salir del casino para intervenir activamente en la vida nacional.

La cabeza como arma

Paralelo a este poema “Del pasado efímero” es el titulado “Del mañana efímero”, en el que Machado abrió una puerta a la esperanza, al entrever la posibilidad de que una nueva generación joven limpiase de bostezos a la patria adormecida. Supuso que llegaría “con un hacha en la mano vengadora”. El hacha es símbolo de revolución. Los problemas nacionales tan arraigados precisaban de una revolución para quedar resueltos, después de tantos años de corrosión y corrupción. Sucedería en el futuro, porque el presente (el poema está fechado en 1913) era tan efímero como el pasado. Así describió a la patria bajo la monarquía de Alfonso XIII:

Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste
cuando se digna usar de la cabeza, […]

Por lo que resulta preferible que el español mantenga vacía la cabeza, ya que cuando la usa únicamente le sirve para embestir a los que no comparten sus ideas. Al bostezo habitual le añadió aquí otra característica de ese español medio, que es su entrega a la oración. El español tradicional cumple los preceptos de la Iglesia, por lo menos ante la gente, aunque en su cerebro piense que son tonterías. No tiene la cabeza vacía, sino repoblada con algunas ideas aprendidas en los sermones clericales, que es peor.
Lamentablemente, esas ideas son de una brutalidad tal que incitan a embestir al contrario, para impedirle que exprese las suyas. El contrario nunca puede tener razón, es su axioma. Y es verdad que la triste historia de España cuenta con numerosos ejemplos de embestidas, empezando por las proporcionados por los reyes, como el fatídico Alfonso XIII empeñado en dirigir la campaña de África desde su palacio madrileño, hasta conducir a las tropas al desastre inevitable.

Los que embisten

Machado conocía al pueblo porque se crió en él. Aunque pertenecía a una familia culta, el abuelo médico y catedrático universitario, el padre abogado y folclorista, en su niñez sevillana escuchó a cantaores y guitarristas que le contaban coplas al padre, y ya en Madrid se educó en la Institución Libre de Enseñanza, en donde se respetaba la cultura popular tanto como la científica. Y además, como él mismo escribió en su “Retrato” para que los lectores aprendieran su ideología, “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina”, desperdigadas en algunos poemas.
Por conocer bien al pueblo tenía necesidad de censurar algunas de sus malas costumbres, como las de bostezar en vez de actuar y emplear la cabeza para embestir. El proverbio XXIV insiste en la crítica, por el deseo de incitar a esos pobres seres sin civilizar a mejorar sus costumbres:

De diez cabezas, nueve
embisten y una piensa.
Nunca extrañéis que un bruto
se descuerne luchando por la idea.

No se trata de una paradoja, puesto que el más bruto de los seres, incapaz de pensar, es precisamente el que con más ahínco intentará defender una idea arraigada en él, quizá por la predicación de un cura. Lo malo es que esa idea no puede ser positiva, sino una brutalidad. Por eso sus argumentos bestiales tendrán un apoyo feroz para derrotar al enemigo. Esto es habitual en la historia de España. El ultramontano Ramón Nocedal, fundador del Partido Católico Nacional y director del periódico integrista El Siglo Futuro, le advirtió en el Congreso a Gumersindo de Azcárate, uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza y presidente del Instituto de Reformas Sociales: “No discuta conmigo, porque lleva las de perder: usted, con sus ideas, tiene que respetar las mías, mientras que yo, con las mías, le puedo aplastar tranquilamente.” Y tenía razón en su sinrazón obtusa. Pudo ser el modelo para ese español que bosteza y embiste descrito por Machado, un hombre de su tiempo, pero no exclusivo de él.

Una biografía posible

Situemos al hombre “Del pasado efímero” en su tiempo vital: nació hacia 1845, al comienzo del reinado de Isabel II, cuando se promulgó una nueva Constitución para afianzar el poder real. En consecuencia cumplió 23 años en el momento en que el ejército y el pueblo organizaban la Gloriosa Revolución en setiembre de 1868, y la abominada Isabel II tuvo que exiliarse en París. Vivió el reinado de Amadeo de Saboya, la I República, la restauración borbónica en la persona de Alfonso XII, el desastre de 1898, y en el momento del poema es vasallo de Alfonso XIII con 70 años. Una vida, pues, en la que ocurrieron acontecimientos notables, en los que debió de limitarse a ser espectador, ya que no se nos dice que interviniese en nada.
Destaca el poeta que “vio a Carancha recibir un día”, el popular torero José Sánchez del Campo, más bien entrado en carnes, razón de su apodo Cara–Ancha en los carteles, que Machado hace una sola palabra. Pasó a la historia de la tauromaquia por ejecutar la suerte de recibir al toro desde que la probó en 1881, según copio de una enciclopedia taurina sin entender lo que eso significa, ni me importa. En ese año nuestro hombre cumpliría 36 de su edad, por lo que pudo verle torear, ya que sus únicas distracciones, además de las tertulias en el casino, eran poco recomendables, y entre ellas figuraba contemplar corridas taurinas:

Sólo se anima ante el azar prohibido,
sobre el verde tapete reclinado,
o al evocar la tarde de un torero,
la suerte de un tahúr, o si alguien cuenta
la hazaña de un gallardo bandolero,
o la proeza de un matón, sangrienta.

Y sus contertulios lógicamente seguirían esos mismos modelos de distracción, por lo que se entiende la postración de España, animada por estos liberales con una idea muy extraña sobre el comportamiento cívico adecuado. El afán de Machado, como el de todos los institucionistas, consistía en educar a los españoles a la usanza europea, cultivando las tradiciones nacionales, pero las buenas, no las protagonizadas por tahúres, toreros, bandoleros o matones. Aquella España de la restauración borbónica volvía a ser tan decadente como la de Isabel II, de modo que la Gloriosa Revolución no había servido para nada, fue una esperanza frustrada.

Un tipo sin historia

Le hemos inventado unas fechas biográficas, para adaptarlo a la época del poema. Sin embargo, Machado advierte en los versos finales que este hombre es un arquetipo, no pertenece a ninguna época: es un español intemporal, que puede ubicarse en cualquier momento que prefiramos, precisamente porque él carece de historia, pese a haber sido testigo de tantos sucesos:

Este hombre no es de ayer ni de mañana,
sino de nunca; de la cepa hispana
no es el fruto maduro ni podrido,
es una fruta vana
de aquella España que pasó y no ha sido,
esa que hoy tiene la cabeza cana.

Aunque dice que es un hombre de nunca, por el contexto se deduce que eso significa que en realidad tipos así no existen para la historia de España, no dejan huella, viven una vida anodina sin pertenecer a ningún tiempo, aunque se hallen situados en uno concreto, incluso revolucionario, porque no son seres de ese tiempo. En el hoy del poema España “tiene la cabeza cana”, como la de aquella generación nacida hacia 1845. Ya que no posee un pasado tampoco puede aspirar a conseguir un futuro, no es nadie.
Vivió en una España “que pasó y no ha sido”, porque no ha quedado ninguna influencia de la Gloriosa Revolución, sino solamente el recuerdo de una faena realizada por Cara–Ancha en el ruedo. Esa etapa pasó sin hacer algo positivo, de modo que es factible considerar que no fue. Así es siempre España, en cualquier momento de su triste historia. Así la vio Machado y así la describió en sus versos. Es inútil lamentarse por lo que pudo ser y no fue. Su poema resume la biografía de cualquier español de ese tiempo.

La rabia y la idea

Sin embargo, no quiso perder la esperanza a causa de esa realidad comprobada. El pasado y el presente eran terriblemente desesperados, pero tal vez en el futuro resultase posible otra España, según adivinó en “El mañana efímero”. Quería creer que una generación que estaba naciendo entonces, hacia 1913, conseguiría modificar la historia. Era la nueva “España de la rabia y de la idea”, que traería un alba de oro al siglo XX. Las estructuras anquilosadas de la vetusta monarquía serían destruidas y reemplazadas por un sistema sólido, apuntalado por quienes cumplirían 23 años en 1936.
No acertó en la profecía, porque cuando pareció que se estaba cumpliendo con la proclamación de la República, traída por una generación impulsiva que imponía con decisión rabiosa sus ideas renovadoras, la otra España arraigada en el pasado borbónico se sublevó, para retroceder hasta las peores etapas de la triste historia secular de España, y repetir la más sanguinaria. Esa España embistió a la otra con ímpetu, y la destruyó, puesto que siempre la fuerza bruta consigue imponer sus ideas monstruosas. Así se estableció el fascismo, y Machado fue a morir en la libertad del exilio.
Y así continuamos, mordiendo con rabia nuestras ideas, en espera de algo nuevo que tal vez llegue algún día. Nosotros así nos lo decimos confiadamente en nuestras conversaciones de café, entre bostezos incontenibles. Suponemos que alguna vez cambiará nuestra mala suerte, la misma suerte que padecieron nuestros mayores. Y qué vamos a hacer si es así siempre la historia de España, y se repite inexorablemente. Esperar y bostezar.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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El fin de la esperanza

Redacción. LQS. Febrero 2019

“Luchar siempre, batirse, cuchichear. Pienso en los jóvenes de otros países. Fueron a la guerra, perfectamente. Pero cuando volvieron encontraron flores a su paso y a su alrededor las sonrisas de las jóvenes. Les dieron condecoraciones. Había en el aire rumores de banderas. Los nuestros caen en silencio. No hay para ellos ni monumentos, ni banderas…”

A finales de enero de 1946, un escritor español anónimo hizo un relato de la resistencia al franquismo en sus primeros años; y del desfonde de sus esperanzas cuando, terminada la Segunda Guerra Mundial, las democracias vencedoras sostuvieron a la dictadura franquista.
El relato fue publicado, en 1949, por primera vez en la revista “Les temps modernes” con el título La fin de l’espoir. Fue una conmoción. Al año siguiente fue editado en libro por Julliard, de París, y Jean Paul Sartre puso como prólogo unas conmovidas líneas.

La autoría es un pseudónimo “Juan Hermanos”. Nunca se ha sabido la verdadera identidad del autor, aunque en los ambientes intelectuales republicanos españoles de la época siempre se había sospechado que Juan Hermanos fue el pseudónimo de Marc Saporta, antifascista y republicano, hermano de Raimundo Saporta, que se exilió en Francia donde permaneció la mayor parte de su vida hasta su fallecimiento en 2009… En la cuarta entrega de “Episodios de una guerra interminable” de Almudena Grandes, dice en la novela Los pacientes del doctor García sobre la lucha clandestina antifranquista, en relación a Marc Saporta: “Mi amigo Eduardo Becerra me facilito el el contacto con el profesor Francisco Caudet, autor de la magnifica introducción de la edición española del libro de Juan Hermanos. El contestó a mis preguntas con tanta paciencia como amabilidad, y me autorizó a contar la historia de Marc Saporta, que intentó en vano mantenerse oculto tras su fraternal pseudónimo durante toda su vida.”

En 1953 se publicaría en México, y la primera edición que conocemos en el estado español es de 1998 de la mano de la editorial “Tecnos”, con la introducción de Francisco Caudet. A día de hoy el libro circula en formato PDF por varias web, es fácil de encontrar y descargar.
Nosotras te dejamos aquí una reciente edición, recogida en la web de Ebookelo www.ebookelo.com

Imagen de cabecera: Vecin@s de Barcelona durmiendo en el metro en 1938. Fotografía de Jean Moral recogida en el libro ‘Kessel / Moral. Dos reporteros en la Guerra Civil española’, de Michel Lefebvre.
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Libro libre: Abuelas y Madres de la Plaza de Mayo

Redacción. LQS. Febrero 2019

Libro de testimonios, entrevistas, fotografías, obras de arte y poemas dedicados a las abuelas y madres de la Plaza de Mayo argentina.

Testimonios y entrevistas: Norma Domanchich.
Coordinación: Rosario Salazar, Norma Domanchich y Xabier Susperregi.
Edita: Biblioteca de las Grandes Naciones.
Dirige y maqueta: Xabier Susperregi.
Oiartzun, País Vasco. Febrero de 2019.

(Haciendo un clic sobre el titulo accedes directo al link para realizar una lectura a tamaño de letra natural)

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Hablando con la lluvia

Redacción. LQS. Enero 2019

Os traemos una pequeña historieta, una reflexión desde la profundidad de las prisiones.
Es hora de reconstruir la convivencia, sobre la base del profundo respeto a los Derechos Humanos. Las personas presas no pueden ser mantenidas al margen de lo establecido por la Carta Internacional de los Derechos Humanos: cumplir la condena en una prisión cercana, excarcelación en caso de enfermedad grave, aplicación de los beneficios penitenciarios que contempla la ley (no acumulación de penas, tercer grado), etc. Esto no es un cómic sobre la vida en la cárcel realizado desde fuera por un profesional, sino que es un relato sincero en primera persona que nos lleva de las grandes palabras a la realidad de la vida cotidiana de un preso, es decir: refleja cómo afecta a la vida de las personas esa falta de respecto a los Derechos Humanos.

El preso vasco Iban Apaolaza ha obtenido el primer premio en la edición de 2018 del concurso nacional de cómic organizado por Instituciones Penitenciarias, con un trabajo titulado “Hablando con la lluvia”. El cómic es una desgarradora reflexión sobre el sufrimiento que provoca en el autor la ausencia y las contadas visitas de su hijo Euri (en vasco “lluvia”), que no puede venir a visitarlo debido a que el preso se encuentra internado a 900 km de su lugar de origen. Este trabajo muestra el carácter inhumano de una política carcelaria que, además de condenar al propio preso, castiga también a sus seres queridos, todo lo cual atenta contra el principio básico de reinserción que debe imperar en toda política penitenciaria.







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‘Pioneras’, historia y compromiso de las hermanas Úriz Pi

Redacción. LQS. Enero 2019

Fueron dos navarras vanguardistas, feministas y revolucionarias, dos profesoras que renovaron la educación en Cataluña y, adelantadas a su tiempo, lucharon por los derechos de las mujeres y la infancia. Una vida de heroica resistencia antifascista en la que se profundizará en la tertulia organizada en el Ateneo de Madrid el próximo sábado 26 de enero, a las 18:00 horas

Desconocidas hasta ahora, su apasionante trayectoria vital merece ser contada debido a la proyección internacional de su compromiso social y político. Pepita y Elisa Úriz Pi, nacidas en Navarra, fueron verdaderas precursoras de la renovación pedagógica en las primeras décadas del siglo XX pero, después, asumieron responsabilidades de primer orden tanto en la Segunda República como durante la Guerra Civil. Integrantes de las primeras organizaciones feministas, jugaron un papel clave en el exilio español, formando parte de los primeros grupos de la Resistencia en Francia, colocando así a los refugiados republicanos en el cuadro de honor en el combate contra el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Víctimas de la Operación Bolero-Paprika, uno de los episodios más oscuros y vergonzosos en la historia contemporánea de Europa, lucharon contra la dictadura franquista, por la paz mundial durante la Guerra Fría y, sobre todo, por los derechos de la mujer y la infancia en todo el mundo.

El libro Pioneras. Historia y compromiso de las hermanas Úriz Pi es el resultado de un proyecto para la recuperación de la trayectoria vital de estas dos mujeres iniciado el año 2013 por el ayuntamiento navarro del Valle de Egüés, el tercero en importancia de esta Comunidad Foral, y el Concejo de Badostáin, pequeña localidad próxima a Pamplona, de la que eran originarias. Gracias a esta intervención, se realizó una exposición gráfica bajo el título “De Badostáin a Berlín Oriental. Historia y compromiso de las hermanas Úriz”, que, con 16 paneles, en la actualidad ya tiene cuatro versiones: castellano, castellano-euskera, catalán y alemán-castellano.

La exposición ha sido visitada ya por miles de personas en decenas de localidades tanto en la región vasco-navarra como en Cataluña y en seis ciudades de Alemania, incluidos los centros que el Instituto Cervantes tiene en Berlín y Hamburgo. Igualmente ha sido expuesta en el Parlamento de Navarra y en el Museo del Exilio de Cataluña, estando prevista su próxima inauguración en la sede del Memorial Democratic de Barcelona, organismo dependiente de la Generalitat de Catalunya, realizándose gestiones para su montaje en París y Toulouse, además de haber servido como herramienta de trabajo para varios institutos de Secundaria en Navarra y facultades de la Universidad del País Vasco.

Especial significación tuvieron los actos que se celebraron en Berlín el 24 de marzo de 2015, en colaboración con la Embajada de España y el Instituto Cervantes, ya que la inauguración de la exposición en el Instituto Cervantes sirvió para realizar el primer homenaje oficial del Estado Español al exilio republicano en la República Democrática de Alemania. Fueron impulsores de este homenaje quien fuera entonces embajador de España en Berlín, Pablo García-Berdoy, y la directora del Instituto Cervantes, Cristina Conde de Beroldingen.

La obra coeditada por Txalaparta y el Ayuntamiento del Valle de Egüés está dividida en cuatro partes: una biografía general elaborada a partir de la investigación llevada a cabo por el historiador Manuel Martorell, dos capítulos monográficos sobre la aportación pedagógica de las dos hermanas y las medidas represivas tomadas contra ellas, a cargo, respectivamente, de Salomó Marquès (Universidad de Girona) y Carmen Agulló (Universidad de Valencia) y un bloque documental gráfico, compuesto fundamentalmente por las fotografías personales que conservó la doctora Olga García Domínguez, amiga y compañera de las dos hermanas durante su exilio en la República Democrática de Alemania.

Manuel Martorell –Elizondo (Navarra), 1953– es periodista y doctor en Historia. Ha centrado sus investigaciones en figuras relevantes de la militancia comunista en Navarra y en la actitud política del carlismo bajo la dictadura franquista. Resultado de estos trabajos, destacan, entre otros, los libros Jesús Monzón, el líder comunista olvidado por la Historia, Retorno a la lealtad y ahora el dedicado a las hermanas Úriz. Como periodista, está especializado en Oriente Medio y el problema kurdo, sobre el que ha publicado varias obras de referencia, además de haber ocupado cargos de responsabilidad en Diario 16, El Mundo y Cuartopoder.

Salomó Marquès Sureda –L’Escala (Girona), 1942– ha sido catedrático de Historia de la Educación en la Universitat de Girona y ha realizado estudios sobre la escuela republicana y franquista, especialmente el exilio y la depuración del magisterio en Catalunya, habiendo publicado libros y artículos sobre la materia en España, México, Venezuela, Italia y Francia. Entre sus obras, destaca L’exili dels Mestres. También ha formado parte de la Sociedad de Historia de la Educación y la Societat Catalana d’Història de l’Educació.

Mª Carmen Agulló Díaz –Xinzo de Limia (Ourense), 1957– es profesora titular de Historia de la Educación en la Universitat de València. Sus ámbitos de investigación son la historia de la educación de las mujeres, especialmente durante la Segunda República y la Dictadura franquista, la utilización de nuevas fuentes en la historia educativa y la recuperación del patrimonio histórico-educativo valenciano. Ha publicado diversos libros y artículos, destacando Mestres valencianes republicanes, y Maestros valencianos bajo el franquismo. La depuración del magisterio 1939-1944, con J.M. Fernández Soria.

Pioneras. Editorial Txapalarta. Colección ORREAGA
Ensayo. ISBN 978-84-17065-56-0. Páginas 197

Presentación de ‘Pioneras’ y tertulia sobre las hermanas Úriz Pi en Madrid
«Tertulia de las Tres Tertulias. Reflexiones sobre el Ser» del Ateneo de Madrid
Fecha: 26 enero 18:00 horas
Lugar: Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid (Calle del Prado, 21 )
Tomarán parte: María Victoria Caro, Manuel Martorell, Alfonso Etxeberria, Olga García

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