Una coincidencia de Campoamor y Marx

Arturo del Villar*. LQS.Abril 2019

Los titanes, creyéndose los seres más poderosos, se atrevieron a tomar el cielo por asalto para echar a los dioses y sustituirlos, sin conseguirlo

Aunque fueron estrictos coetáneos Ramón de Campoamor (1817—1901) y Karl Marx (1818—1883), no parecía previsible encontrar alguna semejanza en sus respectivos escritos, porque difieren esencialmente sus ideologías. El asturiano gozó en vida de una fama considerable, algunos historiadores de la literatura opinan que excesiva: fue poeta, dramaturgo, filósofo e historiador, desempeñó diversos cargos oficiales, fue gobernador civil, diputado y senador, era monárquico convencido, afiliado a partidos políticos conservadores, y en su biografía destaca el hecho favorable de que se negó a ser coronado como poeta nacional, según costumbre de la monarquía a sus cantores. Porque Campoamor abrió su segundo poemario, Ayes del alma, con una “Oda a la reina Cristina, restauradora de las libertades patrias”, que no soy capaz de evaluar porque no he conseguido terminarla.

Todo eso no es nada con en comparación con el papel alcanzado en la historia de la humanidad por Marx, ya que la cambió con sus escritos. En votación popular se le ha considerado el escritor más influyente de la historia, se le ha traducido a todos los idiomas del mundo, y ha dado lugar a una interminable legión de estudiosos y glosadores. El marxismo empuja las revoluciones sociales, es una filosofía económica de enorme incidencia en las ideas políticas, y domina el pensamiento de la izquierda.

No hay, por lo tanto, ningún punto de comparación entre las vidas y las ideologías de ambos. Aunque Campoamor se consideraba filósofo, tanto en verso como en prosa, no llegó a constituir un sistema ni a conseguir ningún discípulo. Si sus versos caían en los ripios más exagerados, sus escritos filosóficos padecían el mismo problema comunicativo. Un ensayo notable de Marx, Miseria de la filosofía, publicado en 1847, aunque esté inspirado por Proudhon nosotros se lo podemos aplicar a Campoamor, ya que no logró alcanzar otra categoría.

Y no obstante todo ello, los dos escritores coincidieron en una frase, manifestada por uno en verso y por otro en prosa, como había de esperarse, con la misma intencionalidad. Es una frase solamente, porque en todo lo demás no es factible encontrar semejanza alguna. Es una simple casualidad, que verdaderamente carece de importancia, pero me parece llamativo que se diera, y por eso merece ser revelada. Resultaría imposible buscar concomitancias entre sus respectivas obras, que no son parangonables.

Y es inútil recodar que Marx estaba muy interesado por los acontecimientos españoles, como lo demuestran sus comentarios sobre el pronunciamiento revolucionario de 1854, seguido diariamente en las crónicas que le inspiró, tituladas La España revolucionaria, origen de un libro complementado con otros artículos de Engels. Sería ridículo suponer que Campoamor le inspiró una de sus expresiones más conocidas.

Asalto al cielo

Las fechas confirman que el poeta se adelantó al economista. Su segundo poemario, antes citado, Ayes del alma, fue editado en Madrid por la Imprenta y Librería Boix en 1842, con 224 páginas, Además de figurar incluido en las varias recopilaciones de sus obras, se han hecho ediciones recientes. El autor tenía entonces 25 años, y empezaba a gozar de una fama que no dejó de crecer, a pesar de los ripios que condenaban tantos versos, pero que por eso mismo rimaban sonoramente. Demasiado.

En este libro figura una cuarteta que anticipa el marxismo, aunque carece de relación con la filosofía marxista, y el autor se hubiera asustado de haber llegado a saberlo, porque para las derechas españolas siempre ha sido y sigue siendo un espanto la doctrina de Marx:

Tiende, bien mío, de tu mente el vuelo;
No imites en tu curso a los que, viles,
Por no asaltar en su altivez el cielo
Usurpan su mansión á los reptiles.

Un gran consejo, aunque no debe de ser muy ortodoxo: en las religiones monoteístas al haber un solo poder, el del Dios omnipotente, creador de todo lo existente y absolutamente bueno, se dice que un grupo de ángeles creados por él se rebeló con intención de suplantarlo. Esta circunstancia dio lugar a una guerra civil en el cielo, en donde el ejército de Dios era comandado por el arcángel Miguel, nombre que en hebreo significa “Quién como Dios”. El tema es tan complejo que no queda claro en ningún relato, pero manifiesta que quienes intentan asaltar el cielo son derrotados y enviados al infierno llameante. De modo que el católico Campoamor no debiera animar a nadie a asaltar el cielo, ya que lo condenaba a las eternas penas del fuego inconsumible.

Caso distinto es el de Marx, judío de raza pero no de creencias, en una carta dirigida al doctor Ludwig Kugelmann el 12 de abril de 1871, le comentaba los acontecimientos de la Comuna de París, que comparaba con un asalto a los cielos. Seguramente pensaba en la mitología griega, en donde los titanes, creyéndose los seres más poderosos, se atrevieron a tomar el cielo por asalto para echar a los dioses y sustituirlos, sin conseguirlo. Tampoco la Comuna alcanzó los fines propuestos y fue derrotada, no por arcángeles ni dioses, sino por unos militares bien entrenados para la guerra.
Sin seguir ninguna mitología, lo cierto es que Campoamor en 1842 y Marx en 1871 tomaron como una referencia conocida el asalto a los cielos, en señal de promoción colectiva.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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Pío XII, el papa de la victoria

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

La sintonía entre el dictador del supuesto Estado Vaticano y el de la España derrotada alcanzó su máxima identificación en 1953, con ocasión de la firma del concordato entre ambas dictaduras

Si creyéramos al papa fascista Pío XII, el mismo Dios dirigió a los militares monárquicos sublevados en su combate contra el pueblo español. Con motivo de su victoria, el domingo 16 de abril de 1939 les dirigió un mensaje leído en castellano desde Radio Vaticana, en conexión con la Radio Nazional rebelde, con la que conectaron todas las emisoras, con el fin de que sus palabras tuvieran el máximo eco.
Aquel fantoche que se hacía llevar en silla gestatoria a hombros de sus lacayos, revestido con capa pluvial, luciendo la triple tiara en su cabeza símbolo de su presunto poder espiritual y terrenal sobre todos los reinos del mundo, y abanicado con grandes plumas, como un rey oriental, se erigió en protector del dictadorísimo genocida vencedor de la guerra organizada por él contra el pueblo español, con la ayuda en armas y soldados de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista, y la financiera de la Iglesia catolicorromana que recogió colectas en todos sus templos repartidos por el mundo, para entregar el dinero a los militares monárquicos rebeldes.

Según el siniestro Pío XII, no vencieron por ese motivo, sino porque Dios dirigió personalmente sus actuaciones bélicas. En esta ocasión no se contentó con enviar a la virgen María a luchar contra los mahometanos, como hizo en Covadonga, o al apóstol Santiago montado en un caballo blanco con el mismo fin en la supuesta batalla de Clavijo que nunca tuvo lugar, según los historiadores, aunque sigue manteniendo el título de patrón de España por esa imaginaria proeza. No, en esta solemne ocasión se encargó él mismo de organizar los combates para vencer al enemigo. Asi, cualquiera, con la ayuda divina no hay quien pierda. Pero es un abuso intolerable.

Lo hizo Pío XI

Comenzó su mensaje mostrando su gozo por la victoria de los militares monárquicos sublevados y sus patrocinadores, en la guerra de exterminio librada contra los defensores de la legalidad constitucional en España:

Con inmenso gozo nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la católica España, para expresaros nuestra paternal congratulación por la paz y la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probados en tantos y tan generosos sufrimientos.

A los milicianos que les partiera un rayo, aunque habían sido ellos los que sufrieron el ataque de los sublevados. Si hubo una guerra fratricida en España, fue debido a la rebelión de los militares monárquicos, secundada por los partidos fascistas, los terratenientes y banqueros, azuzados siempre por los jerarcas catolicorromanos, temerosos todos ellos de perder sus privilegios tradicionales durante la monarquía. Precisamente aseguró que la intervención divina a favor de los rebeldes se había debido a la intercesión de su antecesor en el papado, el fascistón (aunque no tanto como él) Pío XI:

Alegre y confiado esperaba nuestro predecesor de santa memoria, esta paz providencial, fruto, sin duda, de aquella fecunda bendición que en los albores mismos de la contienda, enviaba a cuantos se habían propuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la religión.

Ni los nazis alemanes, ni los fascistas italianos, ni los viriatos portugueses intervinieron para proporcionar la victoria a los militares monárquicos sublevados: fue la bendición enviada por Pío XI al ejército rebelde en los mismos momentos de iniciar el conflicto armado, la que señaló a su Dios lo que debía hacer. Todo ello gracias a que los sublevados representaban a la España tradicional, la que levantó las guerras de religión en Europa, la que organizó pogromos contra los judíos acusados de ser la raza deicida, la que condenó a morir quemados vivos en las hogueras inquisitoriales a quienes disentían de los absurdos dogmas de la Iglesia catolicorromana.

España, nación elegida

Y eso fue una gratificación divina a España, porque sí, porque le dio la divina gana de elegirla para poner en práctica sus fines. Todo gratis total, y con promesa de victoria en las guerras que emprendiera en defensa de la fe catolicorromana contra mahometanos, judíos, herejes, brujos y demás ralea:

Los designios de la Providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar, una vez más, sobre la heroica España. La nación elegida por Dos como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu.

Los hispanoamericanos colonizados por aquella España imperialista no están conformes con la labor supuestamente evangelizadora de los conquistadores españoles, dedicada a apoderarse de sus riquezas naturales, abusar de sus mujeres, asesinar a quienes se negaban a aceptar el bautismo impuesto, y a renunciar a su cultura ancestral. A ellos no les parece nada heroica aquella España (y a muchos españoles tampoco, yo entre ellos).
Si esos eran los designios de la Providencia, prolongados hasta dar el triunfo a los militares monárquicos rebeldes, no la queremos. El motivo de que ahora los templos catolicorromanos estén vacíos y los seminarios cerrados, se debe a la nefasta actuación de la jerarquía catolicorromana, incluida también la protección a los curas y frailes pederastas en todo el mundo. La secta criminal tiene que desaparecer.

El altar y el trono

Pero el impío Pío XII siguió deduciendo consecuencias de la victoria alcanzada por los genocidas rebeldes contra el pueblo español:

Este primordial significado de vuestra victoria nos hace concebir las más halagüeñas esperanzas ya que Dios, en su misericordia, se dignará conducir a España por el seguro camino de vuestra tradicional y católica grandeza, la cual ha de ser el norte que oriente a todos los españoles amantes de su religión y de su patria en el esfuerzo de organizar la vida de la nación en perfecta concordancia con su nobilísima historia de fe, caridad y civilización católica.

Tenía ineludiblemente que enlazar la religión con la patria, ya que durante la larga historia de la monarquía española el altar y el trono actuaron coordinadamente, en contra de las libertades del pueblo. El anticristo vaticano deseaba que España siguiera el camino de la “tradicional y católica grandeza” de aquellos tiempos en los que el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición marcaba las pautas de comportamiento ciudadano para todos los españoles, forzosamente siervos del catolicismo romano.
Lamento haber nacido bajo la dictadura fascista, pero mucho peor hubiera sido hacerlo cuando actuaba la Inquisición, porque habría sido condenado a las llamas expiatorias. A mí que no me vengan con monsergas teológicas los catolicorromanos. Todavía confío en ver prohibida esa secta criminal por los tribunales internacionales de Justicia ahora que está totalmente desprestigiada por sus escándalos continuados.
El papa terminó su radiomensaje enviando su bendición apostólica a los españoles que quisieran recibirla. Y el dictadorísimo le remitió un telegrama asegurándole que “en nombre del pueblo español y en el mío transmito a vuestra santidad testimonio de la devoción y gratitud por la especial distinción de que nos ha hecho objeto en este día memorable”. Es costumbre de los dictadores y monarcas hablar en nombre de todo el pueblo sobre el que mandan, ya que se consideran sus representantes, aunque nadie los haya elegido y muchos abominen de ellos. Por ejemplo, yo mismo.

Y una suprema herejía

La sintonía entre el dictador del supuesto Estado Vaticano y el de la España derrotada alcanzó su máxima identificación en 1953, con ocasión de la firma del concordato entre ambas dictaduras. El 22 de diciembre el nuncio papal Ildebrando Antoniutti presentó sus cartas credenciales al dictadorísimo, con el boato anticuado de costumbre. Fue el momento aprovechado para anunciar urbi et orbi que, para festejar tan feliz acuerdo (para la Iglesia), Pío XII había concedido al dictadorísimo la Suprema Orden de Cristo, suprema herejía cometida por condecorar a un genocida. Consiste en una cruz de esmalte rojo que lleva en medio otra blanca pendiente de una corona real de oro, y se cuelga del cuello mediante un collar con los emblemas pontificios.
El concordato perdió su significado con el fin de la dictadura fascista, aunque la monarquía fascista instaurada por el dictadorísimo firmó con el supuesto Estado Vaticano unos acuerdos leoninos, que de hecho mantienen todos los privilegios tradicionales de la Iglesia catolicorromana, Y ninguno de los sucesivos gobiernos posteriores se ha atrevido a denunciarlos, y ninguno de los partidos que concurren a las próximas elecciones osa prometer que los anulará, o al menos que los revisará. Solamente por eso merecen que no votemos a ninguno de ellos. Que es lo que haré yo.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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De Juan Ramón Jiménez a la bandera republicana

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

Es el primer poema de temática política escrito por Juan Ramón. Antes había compuesto poemas de intención social, acerca de los pobres, especialmente los niños, los trabajadores sin cualificación, los parias o los despreciados por la sociedad

Monumento a Juan Ramón Jiménez en Moguer

Los herederos de Juan Ramón Jiménez han sido siempre fascistas, y algunos además numerarios de la secta ultrafundamentalista del Opus Dei. Su ahijado Juanito Ramón Jiménez Bayo murió en la batalle del Ebro, combatiendo en las filas rebeldes. Otro sobrino también luchó a su lado y llegó a ser coronel. Solamente el poeta defendió una ideología de izquierdas entre todos sus familiares. Por eso han procurado siempre distorsionar su imagen, propalando la idea de que era apolítico. En mi ensayo Juan Ramon Jiménez, poeta republicano (Madrid, 2006) expongo en 94 páginas su vinculación al ideario republicano, desde su juventud hasta su muerte en el exilio puertorriqueño por no aceptar vivir bajo la dictadura fascista, pese a las enormes presiones hechas para que retornase, después de la concesión del premio Nobel de Literatura y la muerte de su esposa en 1956. Los trajeron embalsamados.

Para festejar este 14 de abril reproduzco el poema que dedicó a la bandera tricolor, compuesto el 17 de abril de 1931. Lo tituló “Bandera española”, para significar que era la verdadera enseña del pueblo español, rechazando la rojigualda borbónica. Es un himno a las tres franjas que representan la libertad, la igualdad y la fraternidad, identificadas por el poeta con las alegorías del trabajo, la alegría y el amor.
Lo envió al Heraldo de Madrid, el viejo diario vespertino de ideología republicana, firmado solamente por “Un español”. No quiso poner su nombre, ya ilustre en todo el mundo culto, para que fuese una aportación anónima a las celebraciones republicanas. Pero los responsables del diario no lo publicaron, y quedó inédito en sus archivos hasta que en 1987 lo di a conocer abriendo el primero de los Cuadernos de Zenobia y Juan Ramón, como una exhibición de su ideología, aunque molestase a sus herederos.
Es el primer poema de temática política escrito por Juan Ramón. Antes había compuesto poemas de intención social, acerca de los pobres, especialmente los niños, los trabajadores sin cualificación, los parias o los despreciados por la sociedad. Recordemos que su obra más internacionalmente reconocida, Platero y yo, está dedicada a la memoria de una pobre loca de su pueblo con la que mantuvo buena amistad. El himno a la bandera tricolor establece inequívocamente el compromiso del poeta con la República, a la que siempre sirvió, aunque toda su familia esté con el fascismo. Lo que no les representa ningún escrúpulo para cobrar los derechos de autor de sus ediciones.

Bandera española

Hermosa flor,
la ardiente primavera
nos ha tornado la bandera
de la esperanza entera:
¡Trabajo, alegría y amor!

¡Viva
la libertad verdadera!
¡Viva
la igualdad verdadera!
¡Viva
la fraternidad verdadera!

Sobre el tedio, la sombra y el rencor,
¡al cielo de la paz la bandera,
a la tierra de todos la bandera,
al mar hermano la bandera
de nuestra vida entera!
¡Trabajo, alegría y amor!

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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Y Alfonso XIII mandó al Ejército contra el pueblo

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

La intención del Alfonso XIII era muy clara: enfrentar al Ejército armado contra el pueblo que se manifestaba pacíficamente sin armas contra su persona a favor de la libertad

El exrey en la cola de los parados

Hay historiadores que enaltecen la actitud de Alfonso XIII, por haber decidido exiliarse aquel histórico 14 de abril de 1931, para evitar un enfrentamiento entre el Ejército y el pueblo. Según el artículo 52 de la entonces vigente Constitución de 1876, “Tiene el mando supremo del Ejército y Armada, y dispone de las fuerzas de mar y tierra”, de modo que sus órdenes debían ser acatadas y cumplidas sin discusión.
Es cierto que las elecciones municipales celebradas el día 12 habían dado en total la victoria a las fuerzas monárquicas, que obtuvieron 22.150 concejales, frente a la conjunción republicano-socialista, que solamente logró 5.875, pero en las capitales de provincia el triunfo había sido para los republicanos. En Madrid, por poner un ejemplo, la conjunción sumó 270.954 votos, traducidos en 39 concejales, mientras los monárquicos no pasaron de 84.893 votos, que les proporcionaron 20 concejales.
Eso sucedió en las capitales, en donde es claro que los votantes se hallaban mejor informados que en los pueblos, en aquellos años en los que el número de analfabetos rondaba el 70 por ciento. Una de las primeras medidas que tomó el Gobierno provisional de la República, nada más constituirse, fue crear escuelas para que todos los ciudadanos aprendieran a leer y escribir, lo que les permitiría adquirir conocimiento del mundo, y también de la política. Eso era lo que no deseaban las dos fuerzas dominantes hasta entones, el altar y el trono, en alianza para mantener el oscurantismo popular que aumentaba su poder.

Un triunfo republicano

El pueblo interpretó el resultado de las elecciones, aunque fuesen municipales, como una invitación al cambio de régimen. Representaba el rechazo de Alfonso XIII, apodado burlonamente Gutiérrez, despreciado porque dedicó su reinado solamente a distraerse tirando al plato, a coleccionar automóviles de gran cilindrada, a estuprar doncellas, y a enriquecerse tanto que durante los diez años de exilio vivió majestuosamente en Roma, mantuvo a su mujer en Lausana, y a sus hijos por el mundo, sin que ninguno de ellos necesitara trabajar para ganarse la vida, como tampoco la barragana oficial y los bastardos que dejó bien provistos en Madrid.
A las 7 de la mañana del que iba a ser histórico 14 de abril Eibar colocó la bandera tricolor en su Ayuntamiento, por lo que recibió el título de Muy Ejemplar Ciudad. Otras localidades siguieron su ejemplo. Al mediodía la bandera republicana ondeaba en el Palacio de Comunicaciones de Madrid, en la plaza de la Cibeles. El pueblo español, radiante de entusiasmo, se echó a las calles cantando el Himno de Riego y dando mueras al odiado rey y vivas a la República.
El Gobierno provisional se había reunido en el chalé de Miguel Maura, antiguo compañera de juergas del rey, pasado a las filas republicanas porque le pidió ayuda para su suegro en situación apurada, y se la negó. Esta conversión ajena al raciocinio hizo que su actuación como ministro de la Gobernación en el Gobierno provisional resultase catastrófica, hasta su dimisión por estar en contra de la política religiosa adoptada en el proyecto de Constitución. La República se equivocó al elegir a algunos ministros provisionales, que nunca debieron serlo.

Por su parte los monárquicos se hallaban divididos, entre quienes pensaban que unas elecciones municipales no tenían carácter de plebiscito, y quienes opinaban que el rey había quedado desautorizado para continuar ni un día más en el trono. La disparidad se dio en el Consejo de Ministros celebrado en la tarde del día 13 en la Presidencia del Gobierno, calificado por el conde de Romanones en su Historia de cuatro días como “el de las lamentaciones”, porque fue lo único que se escuchó.

La última real orden

Miguel Maura estaba, pues, en primera línea de los acontecimientos. En sus memorias Así cayó Alfonso XIII…, escritas para engrandecer su figura y menoscabar la de Manuel Azaña, por quien demuestra sentir un profundo rencor, relata la conversación mantenida por Alfonso XIII con Mariano Marfil, subsecretario del Ministerio de la Gobernación, alrededor de las siete de la mañana del 14 de abril:

Don Alfonso preguntó a Marfil si era muy nutrida la manifestación que ya en aquella hora tan temprana ocupaba la Puerta del Sol.
Contestó Marfil que todavía no, pero que crecía por momentos.
El breve diálogo entre el rey y don Mariano Marfil siguió exactamente en estos o muy parecidos términos, según me contó el propio subsecretario, unos meses después en mi casa:
–Y, ¿qué gritan?
–Señor, gritan de todo.
–¿Es verdad que gritan “muera el rey”?
–No es posible, señor, saber exactamente lo que dicen, desde aquí no se oye bien.
–Bueno, pues tienen que cesar esas manifestaciones en seguida. Me importa mucho que en el día de hoy no haya tumultos. Mañana ya será otra cosa. ¿Quién está de guardia en Gobernación?
—El capitán… (No recuerdo su nombre. Se trataba de un capitán laureado, muy adicto al rey.)
–Dile, de mi parte, que salga con sus hombres a la Puerta del Sol y, sin violencia, despeje. Repito que hoy no quiero escándalos en la calle.
–Esta bien, señor.
Llamó Marfil al capitán en cuestión y le transmitió la orden del rey. El capitán se cuadró y, sin vacilar un momento, le dijo al subsecretario:
–Dígale a Su Majestad que, por obedecer sus órdenes, estoy dispuesto a salir yo solo a la Puerta del Sol para que las turbas me despedacen si quieren, pero no puedo ordenar a la fuerza que salga, porque no me obedecerían los soldados. (Barcelona, Ariel, 1966, páginas 162 s.)

La intención del rey era muy clara: enfrentar al Ejército armado contra el pueblo que se manifestaba pacíficamente sin armas contra su persona a favor de la libertad. Pero los soldados, hijos del pueblo obligados a prestar el servicio militar, no obedecerían la orden criminal de su jefe supremo.
El mismo cronista relata que poco después de las once de la mañana se presentó en su domicilio, en el que estaba reunido el Comité Revolucionario dispuesto a constituirse oficialmente en Gobierno provisional, el general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil. Aunque vestía de paisano, se cuadró ante él y le saludó como ministro de la República, poniéndose a sus órdenes así como al cuerpo que presidía, y lo mismo repitió ante Niceto Alcalá—Zamora, a quien reconoció como presidente del Gobierno provisional republicano.

No se marchó, lo echaron

A las cinco de la tarde se celebró en palacio la última reunión del Consejo de Ministros presidida por Alfonso XIII. El monarca les preguntó qué debía hacerse, y solamente el ministro de Fomento, Juan de la Cierva, aconsejó mandar al Ejército y la Guardia Civil contra las multitudes que en todas las plazas españolas vitoreaban a la República. Pero el rey sabía que no podía contar con ellos, y Romanones dio cuenta de la orden tajante del Comité Revolucionario: el rey debía salir de España esa misma noche. El pueblo madrileño ya había dado por segura su marcha, y cantaba alborozado por las calles “¡No se ha marchao, que lo hemos echao!”, y tenía razón, porque se iba muy en contra de su deseo, forzado por la indefensión en que había quedado tras el abandono de las fuerzas armadas. Su primera intención fue ordenar a los militares cargar contra el pueblo indefenso. Si no lo hizo fue porque no pudo, no por falta de voluntad.
Iba preparado el monarca, conocedor de la situación, con un manifiesto dirigido a la opinión pública, redactado por su amigo el duque de Maura, hermano de Miguel. Es un escándalo de impudicia y procacidad. Reconoce en él que “Un Rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez”, pero no se arrepiente de nada, y tiene la inmensa chulería de afirmar como despedida a sus vasallos ansiosos por dejar de serlo:

Soy el Rey de todos los españoles, y también un español. Hallaría medios sobrados para mantener mis regias prerrogativas, en eficaz forcejeo con quienes las combaten. Pero, resueltamente, quiero apartarme de cuanto sea lanzar a un compatriota contra otro en fratricida guerra civil. No renuncio a ninguno de mis derechos […]

Hasta el último día fue cínico y desvergonzado. Ya no era rey de ningún español, porque el pueblo no lo admitía. Mentía al decir que disponía de medios para mantener su tiranía. No utilizó su prerrogativa de lanzar al Ejército y la Guardia Civil contra el pueblo porque sabía que no iban a obedecer esa orden criminalmente tiránica, pero lo había intentado sin conseguirlo. Se iba, pero no renunciaba a sus derechos dinásticos, lo que carecía de importancia para el país, ya que el 20 de noviembre las Cortes Constituyentes le privarían legalmente de todos sus títulos, que no podría utilizarlos, así como ninguno de sus descendientes.
Ese día terminó legalmente la dinastía borbónica en España, porque la instauración de la monarquía del 18 de julio por el genocida dictadorísimo fascista vencedor de la guerra originada por él mismo y sus compinches traidores fue absolutamente ilegal. España no tiene rey, y en tanto no recupere la legalidad republicana que le fue arrebatada por los militares golpistas permanecerá en un régimen ilegítimo, contrario a los deseos del pueblo. Por eso repetimos como los revolucionarios el 18 de setiembre de 1868: ¡Viva España con honra! ¡Abajo los borbones, enemigos del pueblo!

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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Dos caras de la traición

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

El exrey, que conservaba toda su fortuna personal bien colocada en bancos extranjeros, sufragó parte de la sublevación, suponiendo que se hacía para devolverle el trono abandonado por él voluntaria y urgentemente aquel 14 de abril de 1931

El diario barcelonés titulado entonces La Vanguardia Española por órdenes superiores, publicó el domingo 9 de abril de 1939 en su página 9 los telegramas de felicitación intercambiados entre el dictadorísimo vencedor de la guerra y el hijo varón sano de cuerpo del exrey Alfonso de Borbón, considerado por los monárquicos príncipe de Asturias, Girona y Viana, al padecer sus dos hermanos mayores algunas de las taras habituales en esa dinastía marcada por la degeneración desde el iniciador, el loco furioso Felipe V, imposibilitados por ello para ocupar el trono; las taras del sano de cuerpo eran interiores, de espíritu, pero no por eso menos evidentes y peligrosas. No podía eludir la degradación borbónica, que tantos monstruos ha aportado a la triste –por su causa– historia de España.
Juan de Borbón suponía, como todos los monárquicos, que la sublevación de los militares adictos a su familia, el 17 de julio de 1936, se había debido a su intención de restaurar la dinastía. Sin duda era lo que pensaban los monárquicos, incluidos los militares, pero el designado por ellos jefe del Estado y del Gobierno y generalísimo de los ejércitos rebeldes, el exgeneral Franco, no tenía la menor intención de abandonar el poder mientras estuviera vivo.

El exrey, que conservaba toda su fortuna personal bien colocada en bancos extranjeros, sufragó parte de la sublevación, suponiendo que se hacía para devolverle el trono abandonado por él voluntaria y urgentemente aquel 14 de abril de 1931. Su hijo varón sano de cuerpo pensaba igual, y se veía ya como sucesor a la corona. Por ello envió un entusiasmado telegrama de felicitación al dictadorísimo por el triunfo en la guerra:

GENERALÍSIMO FRANCO.- BURGOS.- Uno mi voz nuevamente a la de tantos españoles para felicitar entusiasta y emocionadamente a V. E. por la liberación de la capital.
La sangre generosa derramada de esa su mejor juventud será prenda segura del glorioso porvenir de España Una, Grande y Libre. ¡Arriba España!
Juan de Borbón

Identificado con el ambiente de los golpistas, el ingenuo aspirante al trono, que lo iba a ser el resto de su cómoda vida, hacía suya la retórica de la Falange, y empleaba los saludos habituales en sus actos y en su correspondencia, al mencionar la España Una, Grande y Libre, repitiendo el grito con el que terminaban siempre todos sus actos, ¡Arriba España!, cabecera también de un periódico. El dictadorísimo le respondió en el mismo tono de patriotería en días de victoria, y un estilo cuartelario:

Al recibir vuestro emocionado telegrama con la gran victoria nacional, me es grato recordar que entre esta juventud admirable tan pródiga en el sacrificio, habéis intentado formar solicitando un puesto de soldado. Por ella será realidad la España Una, Grande y Libre que evocáis. ¡Arriba España!
Generalísimo Franco

Le recordaba las dos ocasiones en las que intentó alistarse en el ejército sublevado, para matar a los españoles del bando leal a la Constitución. La primera vez llegó a Pamplona a los pocos días del golpe de Estado, el 1 de agosto, acompañado por el exinfante José Eugenio de Baviera y el exconde de Ruiseñada. En aquel feudo del carlismo, que llevaba un siglo combatiendo a la otra rama descendiente de Isabel II, la llegada del hijo sano de cuerpo del odiado Alfonso de Borbón era provocativa.
Puesto que los carlistas se habían unido desde el primer momento al golpe de Estado, el exgeneral Mola ordenó que los tres aguerridos voluntarios fueran amablemente conducidos a la frontera y despedidos. En el ejército rebelde combatía el suegro del pretendiente, Carlos de Borbón Dos Sicilias, que fue padrino de bautismo de su nieto Juan Carlos.

Ansioso por matar a cuantos más españoles pudiera, el 7 de diciembre el presunto príncipe de Asturias, Girona y Viana escribió una sumisa carta al dictadorísimo, pidiéndole autorización para embarcar en el crucero Baleares, pero el 12 de enero de 1937 le contestó negativamente, y con ello le salvó la vida, porque ese barco fue hundido.

Dada la excelente relación de la Iglesia catolicorromana con los militares rebeldes, el 10 de abril de 1939 el papa fascista Pío XII recibió en audiencia privada en el Vaticano al aspirante, acompañado por su edecán el exduque de Sotomayor.

Lo que revela el intercambio de telegramas entre el jefe de la sublevación y el hijo varón sano de cuerpo del último rey, es que los borbones fueron activos cómplices de los militares rebeldes, decididos a matar a los españoles leales a la República. Por eso el hijo de Juan de Borbón fue designado por el dictadorísimo su sucesor a título de rey, en cuanto le jurase lealtad a su persona y fidelidad a sus leyes criminales. Pudo hacerlo sin ningún escrúpulo porque tal era el espíritu que animó a su abuelo, a su padre y a su suegro. Los borbones se han comportado siempre como los peores enemigos del pueblo español.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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España se acostó republicana

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

Y la República quedó implantada en el país, y en el corazón de los ciudadanos

Contaron los periodistas que en la mañana del lunes 13 de abril de 1931 llegó a palacio el jefe del Gobierno, el almirante Juan Bautista Aznar, para comentar con el rey Alfonso XIII el resultado de las elecciones municipales celebradas el día anterior. Le preguntaron si iba a presentar la crisis del Gobierno, a lo que respondió el almirante: “¿Qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se despierta republicano?” Estaba equivocado, porque España hacía tiempo que era republicana.
Así lo admitió uno de los mayores enemigos de la República, el general Emilio Mola, que en 1930 fue nombrado director general de Seguridad por el Gobierno dictatorial del general Berenguer. Al ser cesado tras la proclamación de la República se dedicó a escribir las que tituló Memorias de mi paso por la Dirección General de Seguridad, en tres volúmenes, impresos en 1933. En el primero, Lo que yo supe…, describe el ambiente contrario a la familia irreal en todos los espectáculos a los que asistía alguno de sus miembros, única manera aprovechada por los vasallos para demostrar su oposición a la monarquía, puesto que no se somete a elecciones o plebiscitos. En su opinión la mayoría de los españoles quería la República.
Una demostración incuestionable de que era así se observó en el mitin republicano celebrado en la plaza de toros de Madrid el domingo 28 de setiembre de 1930. Estuvo abarrotada de público, llegado para escuchar al autoproclamado Gobierno provisional de la República, entre el delirio de los asistentes. El Gobierno provisional salió de la reunión mantenida en San Sebastián el 17 de agosto de 1930, con participación de los principales líderes republicanos y la presencia a título personal del socialista Indalecio Prieto, ya que el Partido Socialista Obrero Español prefirió no comprometerse.

Manifiesto de la esperanza

El Gobierno provisional lanzó un manifiesto al país, profusamente distribuido, que empezaba así:

¡Españoles!
Surge de las entrañas sociales un profundo clamor popular que demanda justicia, y un impulso que nos mueve a procurarla.
Puestas sus esperanzas en la República, el pueblo está ya en medio de la calle.

Demasiado extenso para copiarlo entero, lo reproduce uno de sus firmantes, Miguel Maura, en su libro de memorias Así cayó Alfonso XIII… (Barcelona, Ariel, 1966, páginas 97 y siguiente). Contenía la afirmación de que la Republica se hallaba preparada para triunfar enseguida.
El clima social estaba encrespado. En Madrid se organizó una huelga general el 15 de noviembre, y en Barcelona fue más larga, del 18 al 21. El Gobierno provisional decidió pasar a la acción, y preparó una insurrección militar para el 15 de diciembre, contando con la aprobación de varios jefes militares. Además, coincidiría con una huelga general promovida por el sindicato socialista Unión General de Trabajadores. Sin embargo, todo se desconcertó, la huelga se suspendió, y los únicos militares pronunciados fueron los de Jaca, el viernes 12, bajo la dirección de los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández. Detenidos y sometidos a juicio sumarísimo, fueron fusilados el domingo 14, con lo que su nombre pasó a significar el heroísmo, y fueron cantados en coplas y romances.
El mismo día 14 se detuvo en Madrid y encerró en la cárcel Modelo a los miembros del Gobierno provisional que fueron hallados en sus casas, porque algunos se exiliaron o escondieron. Al día siguiente unos aviadores pronunciados bombardearon Madrid con proclamas republicanas, antes de refugiarse en Portugal. El Gobierno decretó el estado de sitio en España, que se mantuvo hasta el 4 de febrero. Era imposible no enterarse de la existencia de un movimiento republicano activo.

Llamada a la liberación

El 11 de febrero, aniversario de la proclamación de la I República, se dio a conocer el manifiesto de la Agrupación al Servicio de la República, firmado por tres intelectuales prestigiosos, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala y Gregorio Marañón, que concluía así:

Nos alienta tan magnífico agüero, pero su realización supone que las almas españolas queden liberadas de la domesticidad y el envilecimiento en que las ha mantenido la Monarquía, incapaz de altas empresas y de construir un orden que a la vez impere y dignifique.
La República será un símbolo de que los españoles se han resuelto por fin a tomar briosamente en sus manos propias su propio e intransferible destino.

Todos estos acontecimientos tenían contrariado al general Berenguer, que era un dictador con espíritu de recluta. A su arte de gobernar se le ha llamado la dictablanda, por comparación con la dictadura de su predecesor el general Primo. Ideó organizar unas elecciones generales para el mes de marzo, a ver si el resultado calmaba los ánimos. Pero algunos políticos dinásticos, encabezados por el conde de Romanones, supusieron que constituirían un peligro para la monarquía, ante el impacto decisivo de los republicanos, y se opusieron al proyecto.
El rey aprovechó la oportunidad para aconsejar a Berenguer que dimitiera, siguiendo su costumbre de borbonear a los ministros, según la definió el general Primo, otra de sus víctimas. Encargó formar Gobierno a otro político veterano José Sánchez Guerra, quien aceptó, con la condición asombrosa de integrar en el gabinete a los republicanos presos. Los visitó en la cárcel Modelo, y les oyó decir que no servirían a la monarquía. En consecuencia renunció al encargo.

La presidencia de Aznar

La situación era tan grave que Berenguer, sin duda con el beneplácito real, convocó a unos políticos en el Ministerio de la Guerra, y tras cinco largas horas de debate les obligó a integrar un Gobierno, que se le ofrecería presidir al almirante Juan Bautista Aznar, ausente entonces de Madrid. Borboneado también, tuvo que aceptar no la formación de su Gobierno, sino la jefatura del que le presentaban. Juraron sus cargos el 18 de febrero, conscientes de entrar en un polvorín a punto de estallar. El primer acuerdo adoptado consistió en convocar unas elecciones municipales para el domingo 12 de abril, provinciales para el 3 de mayo, y generales para el 7 de junio. Solamente las primeras pudieron celebrase, porque de ellas derivó la caída de la monarquía, la huida del rey y la proclamación de la República.

El 5 de marzo comenzó una huelga en la Facultad de Medicina de la Universidad Central, derivada en continuos enfrenamientos de los alumnos con las fuerzas enviadas por el general Mola, una situación continuada hasta la proclamación de la República. Se había perdido el miedo al rey y sus fuerzas del orden, por lo que nada asustaba ya a sus vasallos.
El día 13 se celebró un consejo de guerra contra los militares implicados en los sucesos de Jaca, después del fusilamiento de Galán y García Hernández. Hubo una pena de muerte, otra de reclusión perpetua, y tres penas menores, por el delito de sedición para proclamar la República. Se convocaron manifestaciones callejeras exigiendo el indulto, y el Gobierno cedió, con lo que demostraba su falta de convicciones y de poder.

Clamor por la República

El 20 comenzó el consejo de guerra contra los seis presos del Gobierno provisional, en la Sala de Plenos del Palacio de Justicia, elegido porque se preveía una asistencia masiva de público, como así sucedió, un público que aplaudía a los procesados y vitoreaba a la República. La sentencia condenó a cada no de ellos a seis meses y un día de reclusión, pero les aplicaba la condena condicional, por lo que quedaron en libertad inmediatamente, y convertidos en héroes populares. La Justicia reconocía que la República se hallaba implantada en el ánimo popular, y no se atrevió a condenarla.
Los apoyos a la República se multiplicaron después en un mitin celebrado el día 23 en la Casa del Pueblo de Madrid, y en una manifestación estudiantil que recorrió las calles al día siguiente. El Gobierno quiso demostrar su poder y clausuró la Facultad de Medicina, pero se hicieron fuertes los alumnos, y desde el tejado y las ventanas repelieron a la fuerza pública. Murieron un sargento y varios estudiantes y viandantes. Por ese motivo la huelga se extendió a todas las universidades españolas. Cada medida gubernamental levantaba más hostilidad.
En este clima se llegó a las elecciones municipales del domingo 12 de abril. Solamente si carecía de información sobre la realidad del reino puede aceptarse la frase del almirante Aznar, cuando dijo que los españoles se acostaron monárquicos aquella noche. No era creíble esa suposición. El rey y sus cortesanos fueron los únicos que debieron de intentar dormir, probablemente sin conseguirlo, a no ser que tomasen algún somnífero. El 13 la Hoja del Lunes, único periódico autorizado entonces para esos días, anunciaba el triunfo republicano en las elecciones. Y España se despertó tan republicana como se había acostado.

La voz de España

En la Presidencia del Gobierno se reunió el Consejo de Ministros a las 17 horas, para analizar la situación, que estaba muy clara. Al mismo tiempo el Gobierno provisional, todavía no reconocido, pero efectivo, hizo público un comunicado que concluía así:

El día 12 de abril ha quedado legalmente registrada la voz de la España viva; y, si ya es notorio lo que ansía, no es menos evidente lo que rechaza; pero si, por desventura para nuestra España, a la noble grandeza civil con que ella ha procedido no respondiesen adecuadamente quienes con violencia desempeñen o sirvan funciones de Gobierno, nosotros declinaremos ante el país y la opinión internacional, la responsabilidad de cuanto inevitablemente habrá de acontecer, ya que, en nombre de esa España mayoritaria, anhelante y juvenil que circunstancialmente representamos, declaramos públicamente que hemos de actuar con energía y presteza a fin de dar inmediata efectividad a sus afanes implantando la República.

Con esa advertencia no debieron de dormir tranquilos aquella noche el rey y su camarilla. Quizá tampoco los republicanos, ansiosos por ver el triunfo de sus ideas. Efectivamente, España era republicana, y el martes 14 se levantó tan republicana como se acostó. En Eibar, la adelantada, se proclamó la República aquella mañana, y después en otras localidades.
En palacio todo era un avispero, en tanto los establecimientos de tejidos se quedaban sin telas de los colores rojo, amarillo y morado. El rey envió a gentes de su confianza para parlamentar con el Gobierno provisional, pero solamente había un acuerdo posible: el rey debía exiliarse esa misma tarde. A las 17 horas el rey presidió su último Consejo de Ministros, en el que leyó el manifiesto que le había redactado el duque de Maura para despedirse de la nación, y después se despidió de sus ministros, para escapar rápidamente de palacio, hacia Cartagena, en donde inició el exilio del que no había de regresar en vida.
A eso de las veinte horas y treinta minutos quedó queda constituido el Gobierno provisional de la República en el Ministerio de la Gobernación, en una Puerta del Sol desbordada de gentes, y Niceto Alcalá—Zamora se convertía en presidente del Gobierno provisional. Él mismo dictó los decretos con los nombramientos de los ministros presentes: de Estado, Alejandro Lerroux; de Justicia, Fernando de los Ríos; de la Guerra, Manuel Azaña; de Marina, Santiago Casares Quiroga; de Gobernación, Miguel Maura; de Fomento, Álvaro de Albornoz, y de Trabajo, Francisco Largo Caballero, tal como los publicó la Gaceta de Madrid al día siguiente, aunque la lista quedaba incompleta, por estar ausentes algunos de los electos.
Y la República quedó implantada en el país, y en el corazón de los ciudadanos.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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Derecho y obligación de votar

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

Los partidos políticos animan a sus simpatizantes a no dejar de acudir a votar el domingo 28 de abril, porque las encuestas avanzan que el resultado es muy incierto. En la monarquía del 18 de julio instaurada por el dictadorísimo, y encarnada ahora en la persona inviolable de nuestro señor el rey Felipe VI, sus vasallos forzosos tenemos la libertad de votar o abstenernos, si no nos sentimos contentos con ninguna de las promesas hechas por los partidos en liza, debido a que todos sabemos que lo dicho en las campañas siempre es falso y jamás se cumple.
Pero esta monarquía que nos fue impuesta es tan generosa que nos autoriza la abstención. En la monarquía anterior, la de su bisabuelo Alfonso XIII, había todavía menos libertades que en la actual, y el voto era obligatorio, bajo diversas penas para quien se abstuviera, por muy harto que estuviese de todos los partidos.
Motivos no faltaban para el hartazgo, porque la verdad es que desde la restauración de la dinastía, tras el golpe de Estado del traidor general Martínez Campos, en 1874, había dos partidos dinásticos que se alternaban en el poder, conservador y liberal, y tanto montaba uno como otro, de modo que daba igual quién gobernase, porque las órdenes las daba solamente el rey. Hasta que aquel domingo 12 de abril de 1931 el pueblo español dio una patada en el real culo de Alfonso de Borbón y lo mandó al exilio. En donde tenía bien colocada su fortuna personal, lo que le permitió continuar viviendo sin dar golpe.

Esos comicios se celebraron según la Ley Electoral de 8 de agosto de 1907, publicada en la Gaceta de Madrid el día 10. Era absolutamente antidemocrática, como que la patrocinaba el jefe del Gobierno, Antonio Maura, el que dos años después iba a reprimir la llamada Semana Roja de Barcelona sanguinariamente, hasta tal punto que en toda Europa se gritaba “¡Maura no!”, con tanta fuerza que el rey se vio obligado a cesarlo. Su artículo 84 es un modelo de autoritarismo que corta las libertades de pueblo, al negarle la posibilidad de elegir, aunque se llamase Ley Electoral, dada su exigencia de cumplirla o exponerse a los castigos por desobediencia:

El elector que, sin causa legítima, dejase de emitir su voto en cualquier elección efectuada en su distrito será castigado:
Primero. Con la publicación de su nombre como censura por haber dejado incumplido su deber civil, y para que se tenga en cuenta como nota desfavorable en su carrera administrativa, si la tuviera.
Segundo. Con un recargo de un dos por ciento de la contribución que pagara al Estado, en tanto no vuelva a tomar parte en otra elección.
Si percibiera sueldo o haberes del Estado, Provincia o Municipio perderá, hasta nueva elección, un uno por ciento de ellos. En caso de reincidencia quedará, además, inhabilitado para aspirar a cargos públicos electivos o de nombramiento del Gobierno, de la Diputación o del Municipio.

De modo que los electores incumplidores de su obligación quedaban expuestos a la pública censura, al darse a conocer sus nombres como réprobos vasallos de su majestad, condenados al ostracismo si eran funcionarios públicos. Y no sólo eso, sino que se les imponían penas pecuniarias, pagaderas hasta que se convocasen otras elecciones. Y los reincidentes eran echados a las tinieblas, incapacitados para aspirar a ser funcionarios, una de las apetencias favoritas de los jóvenes en aquella monarquía. Y había más todavía, según lo dispuestos en el artículo 85:

Para tomar posesión de todo destino público será requisito indispensable, en los mayores de 25 años, exhibir la certificación de haber ejercitado el derecho de sufragio en la última elección, o certificación de no ser elector, estar exento de esta obligación, o de haber justificado la omisión del voto ante la junta correspondiente.

El texto legal menciona “el derecho de sufragio”, pero en realidad era un deber impuesto obligatoriamente. Los derechos no se imponen, se ofrecen, mientras que los deberes se imponen inexcusablemente. No existían libertades públicas durante la monarquía de Alfonso XIII. Era lógico, puesto que esa monarquía derivaba de un golpe de Estado militar, y es sabido que de un golpe de Estado militar es imposible que se deduzca una democracia.
Es lo mismo que sucede con la monarquía del 18 de julio instaurada por el dictadorísimo en la persona de su sucesor a título de rey, el padre del actual monarca. Todo empezó con otro golpe de Estado militar, inspirado por los mismos motivos, y sus causas las padecemos ahora todavía.
Aunque no podemos quejarnos, porque si nos abstenemos de votar, dada la falta de alicientes en los programas políticos de los candidatos, ni nos expondrán a la vergüenza publica ni nos multarán. Eso es lo que hemos ganado en un siglo. Y bajo la misma dinastía.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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Max Aub, la voz de los vencidos

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

Las Guerrillas del Teatro continuaron la excelente labor de las Misiones Pedagógicas, y para ellas escribió Aub varias piezas de intención educadora, a fin de comprometer a los espectadores activamente en una guerra que implicaba a todos sin excepción posible

La Generalitat Valenciana organiza unas actividades culturales para conmemorar los ochenta años del final de la guerra librada por el pueblo español frente a los miliares monárquicos sublevados contra la República y sus patrocinadores, las naciones nazifascistas, Alemania, Italia y Portugal, con la complicidad y la ayuda económica del llamado Estado Vaticano. Bajo el título general “Alicante 2019, capital de la memoria”, dedica una atención especial a Max Aub, no sólo por ser valenciano de elección, sino porque la serie de novelas inspiradas por la guerra constituye probablemente la mejor crónica escrita sobre el conflicto, y expresan la voz de los vencidos con el vigor del testimonio personal.

Nacido en París en 1903, de padre alemán y madre judía francesa, la guerra que en 1914 enfrentó al Imperio Alemán y la República Francesa animó a la familia a exiliarse en Valencias, en donde Max aprendió el castellano y se integró perfectamente en la sociedad local. Su vida se transformó a causa de la sublevación militar en 1936, su consecuencia inmediata, la guerra, y la remota, el exilio. Es lo mismo que les sucedió a todos los españoles, con la diferencia de que él acertó a narrar lo que vio y lo que padeció.
Le importaba la política: en 1927 se afilió al Partido Socialista Obrero Español, y nunca abandonó esa militancia, pese a las disensiones entre sus dirigentes, en España y en el exilio. Se implicó en la defensa de una ideología marcada por Pablo Iglesias, apodado El Abuelo, como partido marxista, republicano y laicista, pero manteniendo intactos sus criterios estéticos. En sus inicios como escritor suponía factible realizar el arte por el arte, según norma aceptada en la época. La República elegida por el pueblo español en 1931 le obligó a modificar sus esquemas inspiradores, de modo que el arte pasó a convertirse en un servicio social para la difusión de la cultura entre gentes que nunca antes oyeron hablar de ella..

Por el pueblo

Colaboró con el Gobierno de la República integrándose en las Misiones Pedagógicas, demostración de un interés por educar a un pueblo abandonado en la incultura durante la monarquía, por deseo de la Iglesia y el Estado. Le animó la misma intencionalidad para dirigir el grupo teatral El Búho, organizado por la Federación Universitaria Escolar de la Universidad de Valencia. Sin embargo, esa actitud política no trascendió inmediatamente a la escritura. Su obra más importante en este período es Luis Álvarez Petreña, un supuesto escritor de tono romántico, interesado únicamente por sus preocupaciones íntimas de carácter erótico, que apareció en 1934.
En esa época de convulsiones sociales algunos escritores adquirieron un compromiso político con el pueblo, y pretendieron alentar la revolución proletaria con las armas a su alcance, que eran sus escritos. No es el caso de Aub; durante la etapa republicana en paz su escritura también era pacífica, y él mismo asistía a tertulias literario—políticas en las que participaban personas con ideologías muy apartadas de la suya, tanto anarquistas como falangistas. Parece que solamente el teatro le resultaba idóneo para exponer un sentimiento aplicable a la política. Por ese motivo se puso al frente de un grupo teatral, con la intención de recuperar obras clásicas que en su origen fueron populares, después olvidadas por las compañías comerciales.
A comienzos de 1936 en algunos mítines del Frente Popular se representó una obra dramática de Aub, El agua no es del cielo, y en mayo se tiraba en una imprenta valenciana su todavía útil Proyecto de estructura para un Teatro Nacional y Escuela Nacional de Baile. En aquellos años en los que el cine tenía escaso desarrollo en España y no existía la televisión, indudablemente el teatro constituía el mejor método de educación popular.

Guerrillero del teatro

Con la sublevación de los militares monárquicos en el mes de julio se cancelaron todos los proyectos, y se echó mano de la improvisación para afrontar a los agresores fascistas españoles, alemanes, italianos y portugueses. Las Guerrillas del Teatro continuaron la excelente labor de las Misiones Pedagógicas, y para ellas escribió Aub varias piezas de intención educadora, a fin de comprometer a los espectadores activamente en una guerra que implicaba a todos sin excepción posible: ¿Qué has hecho hoy para ganar la guerra? es el título de una de ellas. Se tata de literatura de circunstancias, pero tan singulares que exigían una literatura especial.
Los periódicos derechistas criticaron muy negativamente las actividades de Aub, ya que contribuían a despertar los sentimientos populares por la justicia y la paz. La acusación más reiterada se refería a su condición de ser judío, lo que para ellos constituía un delito, siguiendo el ejemplo de la Alemania nazi.
Los tres años escasos de la República en armas dieron un sentido nuevo a su vida y, en consecuencia, a su escritura. Es poco lo que escribió en ese período, pero la experiencia impresionó decisivamente su espíritu. En Valencia, donde se instaló el Gobierno constitucional, dirigió el periódico socialista Verdad. Nombrado después agregado cultural en la Embajada en París, contribuyó a la organización del Pabellón Español para la Exposición Internacional de 1937, en el que expuso Picasso su magistral Guernica, cuadro que Aub comentó especialmente el día de la inauguración.
De vuelta a Valencia, fue secretario del Consejo Central de Teatro, presidido honoríficamente por Antonio Machado. Tradujo y adaptó al cine L’Espoir de André Malraux, y colaboró en la filmación. Con el equipo cinematográfico salió de España por la frontera francesa el 1 de febrero de 1939, perdida ya la esperanza de una victoria republicana.

En los campos franceses

Puesto que había elegido la nacionalidad española en 1923, y se sentía un patriota español, tuvo que abandonar la patria de elección, conquistada por los nazifascistas, para regresar a la de nacimiento, que muy pronto iba ser también derrotada por los nazis, sin oponer resistencia. Sus dos patrias dejaron de serlo, puesto que deseaba vivir en libertad, y en ninguna de las dos le era posible conseguirlo.
Francia se portó con él tan mal como con todos los republicanos españoles. La actitud de la República Francesa ante la República Española fue inicua durante la guerra, e inhumana respecto a los exiliados tras ser vencidos. Gran culpa de la derrota la tuvieron la República Francesa y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, con su criminal política de no intervención en la guerra, cuando era notoria la intervención de la Alemania nazi, la Italia fascista y el Portugal salazarista, con la ayuda económica del presunto Estado Vaticano. La disculpa dada por el Frente Popular francés para no ayudar al español fue que se encontraba entre dos potencias agresivas, a las que no deseaba molestar. De nada le sirvió su cobardía, porque Francia fue invadida y el 22 de junio de 1940 se rindió ante la Wehrmacht: la República Francesa quedó convertida en colonia de la Alemania nazi.
Denunciado por José Félix de Lequerica, embajador de la dictadura, ante las autoridades francesas como judío y comunista, Aub conoció los inhumanos campos de concentración franceses, a semejanza de los alemanes. Era joven y consiguió sobrevivir en aquel ambiente hostil. Estuvo internado en el famoso estadio de Roland Garros, convertido en gran cárcel para la desesperanza, después en el campo de concentración de Vernet d’Ariège, más tarde en la prisión de Niza, de nuevo en Vernet, hasta que el 25 de noviembre de 1941 fue embarcado con destino al campo de concentración de Djelfa, en Argelia, donde el sufrimiento superó todos los padecimientos anteriores. Consiguió evadirse el 8 de julio de 1942, y cuando pudo y como pudo embarcó para México, adonde llegó el 1 de octubre.

México, última patria

Pasó casi exactamente treinta años exiliado en México, puesto que falleció el 22 de julio de 1972, como ciudadano mexicano, ya que obtuvo su cuarta nacionalidad en 1956, después de tener la alemana por su padre, la francesa por su nacimiento y la española por elección. No obstante, patrias efectivas no tuvo más que dos, España y México, y de ellas fue la americana la que le mostró un mejor comportamiento. En México pudo trabajar como profesor, dictar conferencias, colaborar en periódicos, publicar 61 libros, redactar guiones cinematográficos, estrenar piezas teatrales, y por encima de todo, consiguió vivir en libertad.
La obra fundamental de Max Aub está hecha en el exilio. La editada antes fue una preparación estilística, en la que ensayó diversas expresiones en diálogo teatral, narración y verso. Le faltaba el gran tema inspirador, que hiciera necesario un replanteamiento estético. Si durante la etapa de la República en paz buscó el medio de servir al hombre de la calle con su escritura como referencia, con la República en armas descubrió la razón inspiradora, y en el exilio la puso en práctica. Al llegar a México tenía 39 años, de modo que estaba completa su formación biológica, ideológica y estilística. La experiencia de la guerra y el exilio es el gran tema esencial de su obra literaria, el que le hizo definitivamente escritor.
Por haber vivido aquel momento trágico, lo describió documentalmente con viveza testimonial. Puso en boca del médico socialista Julián Templado, en Campo de los almendros, su opinión sobre el valor de las novelas como testimonios de la historia:

–Los únicos documentos fehacientes: las novelas.
–¡Pero sin son cosas inventadas! –aduce, candoroso, Juanito Valcárcel.
–Por eso: por lo menos tienen como base una cosa real: la imaginación. (Almendros, p. 237.)

Gracias a su imaginación colocó a unos personajes ficticios como protagonistas de sucesos reales. Así convirtió las novelas sobre la guerra en documentos fehacientes de la realidad, bien redactados imaginativamente y ajustados a los hechos históricos con personajes ficticios, pero realistas.

Escritor sin lectores

Las seis novelas integrantes de la serie El laberinto mágico, tituladas cada una de ellas como un campo, constituyen el documento principal de su obra completa: Campo cerrado (1943), Campo de sangre (1945), Campo abierto (1951), Campo del Moro (1963), Campo francés (1965), y Campo de los almendros (1968). Vamos a examinarlas como exponentes de la ética y la estética maxaubianas, un resumen de la totalidad de su obra escrita en prosa narrativa o teatral y en verso.
Nos importa saber que Aub pagaba las ediciones de sus libros, aunque varios luzcan en la cubierta el nombre de Tezontle, empresa del Fondo de Cultura Económica, la mayor y mejor editorial mexicana. Es seguro que no recuperaba el coste de la publicación, cubierta con los ingresos obtenidos con sus trabajos como profesor y periodista. Sus ediciones tenían prohibida la entrada en España, debido a la temática que trataban, y en los países hispanoamericanos se vendían poco. Lo reconoce el autor en sus Diarios: el 1 de noviembre de 1954, cuando ya contaba con una bibliografía de treinta libros editados, anotó su extrañeza por la escasa atención que recibían:

Uno de los casos más curiosos, que no me explico, es mi falta total de éxito. Mis libros no se venden. No tengo editor […] Viste mucho eso del Fondo de Cultura, lo que no sabe la gente es que los libros los pago yo y que el Fondo de Cultura Económica únicamente los distribuye. (Diarios, p. 252.)

Y dos años antes de su muerte, el 21 de marzo de 1970, cuando tenía impresos 62 libros con su nombre, realizó un examen íntimo, por la necesidad de entender por qué y para quién escribía, una interpelación a la conciencia muy frecuente entre los escritores:

No escribo con ningún eco. Lo hago por gusto, porque no sé hacer otra cosa, porque no hay nada que me guste más, […] No busco el éxito, no busco renombre, no busco honores; no busco lectores (tendría que escribir menos y corregir más). ¿Para quién escribo? No lo sé, ni creo que ningún escritor bien nacido lo sepa. Para quien le dé la gana. (Diarios, p. 449).

Es una confidencia muy explicativa. Confirma que escribía por necesidad vital, que debía escribir para continuar viviendo, y además que invertía el dinero conseguido con los restantes trabajos en pagar la edición de sus escritos. Editar consiste en compartir ideas propias con otras personas, lo que exige necesariamente la existencia de lectores. Sin embargo, Aub reconocía carecer de ellos. No obstante, escribía y publicaba porque no podía dejar de hacerlo.

Por un solo lector

Si en aquel momento resultó ignorado por los lectores, ahora ha conseguido el reconocimiento como escritor testigo de su tiempo aterrador, cronista de la República en armas para defender al pueblo de los militares monárquicos sublevados, y del exilio sufrido por ese mismo pueblo derrotado por el nazifascismo internacional. En Campo de los almendros incluyó en medio del relato novelesco unos comentarios del autor en torno al concepto de la novela, titulados “Páginas azules (porque habrían de ir impresas en papel de ese color)”, donde afirmó:

Ahora bien, lo que importa es que quede, aunque sea para uno solo en cada generación, lo que aconteció y lo sucedido en Alicante esos últimos días del mes de marzo de 1939. El autor cree que, si en vez de escribirlo en prosa, lo cantara en ferias y plazas tendría éxito; pero es un medio que ya no se emplea, y el cine y la televisión, que lo han reemplazado, ignoran esos caminos. (Almendros, p. 363.)

Como cronista, le importaba que permaneciese para la historia el testimonio escrito de lo vivido por el pueblo. Fue una gesta que debería ser cantada por las plazas, como hacían antiguamente los juglares, y en épocas posteriores los ciegos. El mester de juglaría cantaba las hazañas de los combatientes castellanos contra los invasores moros, y eso mismo hizo Aub. Aunque no haya más que un lector en cada generación, está justificado escribir y publicar la crónica de los sucesos, a fin de que el testimonio perdure en la memoria de las gentes y sea conocido por las generaciones posteriores. Vamos a examinar los testimonios declarados por Max Aub en las novelas de El laberinto mágico, una canción de gesta del siglo XX.

Sin republicanos

Lo primero que constató Aub es que en aquella España no había republicanos, algo que comentó asimismo en su momento Manuel Azaña. En Campo cerrado expuso una opinión personal como cronista, al estudiar la evolución del sentimiento republicano en la sociedad. El asunto es de enorme interés, y nos obliga a reflexionar para ver qué había pasado con aquel entusiasmo popular compartido por la gran mayoría de los españoles que votó por los candidatos republicanos para expulsar al rey dictador:

En 1930, el mundillo burgués fue republicano. Cuando se proclamó la que había de ser panacea, un tanto por chiripa, como si del dicho al hecho hubiese desengaño, no fue tanto: los de buen nombre vieron aquello como un insulto personal, los de buen capital con temor. Ser republicano con la República no vestía ya nada. Y cuando los socialistas intentaron unas tímidas reformas, los de posibles y los radicales se dieron la lengua y quebraron la niña. (Cerrado, p. 124.)

Es cierto que el Gobierno formado por la conjunción republicano—socialista, vencedora en las elecciones de 1931, actuó con timidez a la hora de intentar poner coto a los privilegios de clase, sin atreverse siquiera a llevar a cabo una reforma agraria a fondo, como reclamaban los trabajadores del campo. A pesar de ello, las fuerzas de las derechas anticonstitucionales se oponían por principio a cualquier innovación, y no digamos la ultraderecha, azuzada por los monárquicos y los clérigos. Las izquierdas se agrupaban en partidos con su propia ideología, la única que les importaba. Solamente les interesaba la República para conseguir sus fines particulares, sin atender al bien común de los ciudadanos. En cuanto a los nacionalistas, no atendían más que a su conveniencia, sin preocuparles lo que ocurriera en el Estado español.
Era escasa la afiliación en los partidos estrictamente republicanos, los únicos defensores de ese ideario sin otras connotaciones. Y alguno, como el Radical presidido por Alejandro Lerroux, atendía a sus propios negocios económicos más que al bien público, lo que le condujo al desastre en el caso del estraperlo.

Memoria de Azaña

El político más respetado en aquellos años fue Manuel Azaña, elegido por eso presidente de la República el 10 de mayo de 1936. La opinión de Aub sobre él era ambivalente. En sus Diarios censuró algunas actitudes humanas y políticas del líder de Izquierda Republicana, y criticó negativamente sus Memorias políticas y de guerra: léanse las páginas 418 a 421 para comprobarlo. No obstante, reconocía su honradez y entrega al ideal que servía; por ejemplo, cuando escribió: “Su amor a España, a la que llevaba dentro, le salvará” (p. 188).
Un personaje de ficción en Campo abierto, el dramaturgo Ambrosio Villegas, asiste a una reunión del Comité de Espectáculos Públicos UGT—CNT, mantenida en Valencia al comienzo de la sublevación militar, y rememora el histórico mitin de Azaña en Mestalla el 26 de mayo de 1935. El narrador le hace evocar el sentimiento de los asistentes:

Villegas se recuerda del mitin de Mestalla. El sentimiento conjunto, regado, machimbrado de cien mil personas. Lloró al oír hablar a Azaña. No era la oratoria: era el deseo de aquella masa, su ilusión idealmente solidificada, la seguridad de un mundo mejor a la vuelta de unas semanas, por carisma. (Abierto, p. 26.)

El carisma de Azaña hacía sentir al pueblo la realidad de la promesa de una España mejor, más justa y solidaria. Tal era la opinión popular. Sin embargo, algunos partidos y algunos sindicatos, entregados a sus intereses exclusivistas, denostaban su figura. Así, a una intervención de Villegas replica el presidente cenetista: “Es una gracia de intelectual partidario de Azaña”, y anota el narrador: “Dijo Azaña, con el mismo desprecio que si hubiese dicho Sanjurjo.” En esa escena Aub se comporta como un simple cronista: opone el recuerdo emocionado de un personaje al despectivo de otro. Estaban dos españas en guerra, pero en una de ellas combatían entre sí otras varias españas minúsculas, algunas ridículas.

Represalias contra los vencidos

Las escenas de barbarie ejecutadas en la zona nacionalista en el nombre de Dios fueron sanguinarias. Convertida la rebelión militar en una cruzada contra los sindiós, según dictamen de la Carta colectiva del Episcopado español, quedaba bendecido el exterminio de los ateos, lo mismo que se hizo durante las cruzadas medievales contra los infieles. Con una diferencia notable, como era que aquellas cruzadas fueron promovidas para destruir a los musulmanes, y en cambio en España los moros marroquíes combatían junto a los militares rebeldes como soldados auxiliares fanáticos y sádicos.
En la misma novela, el maestro socialista de Albarracín (Teruel) relata una de tantas escenas protagonizadas por los falangistas y sus cómplices, atestiguada por las descripciones de los supervivientes en cualquiera de los lugares conquistados por los rebeldes, siempre iguales en la aplicación del horror como arma de guerra para exterminar a los enemigos:

Después de lo de La Puebla, unos doscientos desgraciados de la C. N. T. intentaron meterse por Bezas. Los coparon. Y los moros no dejaron uno para muestra. Empalaron en las bayonetas las orejas de todos y las partes. […] Y ataviados con estos despojos desfilaron tan majos por el Óvalo ante lo mejor del pueblo. […] Las señoritas en los balcones y detrás los falangistas. […] El general brillaba con todas sus cruces, la tripa partida por su fajín celeste. Y el obispo a su lado. (Sangre, pp. 254 s.)

No es una escena inventada, porque en cada ciudad o pueblo conquistados por los rebeldes contaban algo parecido. Como cronista, Aub se limitó a narrar lo que vio o escuchó a testigos presenciales. Nadie ignoraba el atroz salvajismo con que fueron tratados los republicanos en la plaza de toros de Badajoz, superador de las escenas vividas en el circo romano. No lo describió Aub, aunque lo recordó al historiar la reclusión de los republicanos en la plaza de toros de Alicante, en Campo de los almendros, la novela de la derrota con el final de la esperanza:

Formaron grupos en el ruedo de la Plaza. Siete mil hombres. En los tendidos, a media altura, frente a las puertas, ametralladoras y sus servidores. Todos –con los ojos— recuerdan la Plaza de Badajoz. (Almendros, p. 495.)

Era la represalia contra los que se mantuvieron fieles a la legalidad constitucional, por parte de los rebeldes, Cualquier lugar se convertía en cárcel, y cualquier pared en muro de fusilamientos. Se fusilaba por múltiples motivos, porque todo varón que no se hubiera unido a la rebelión era acusado por los rebeldes de auxiliar a la rebelión, una paradoja sarcástica provocadora de miles de muertes.
En Campo de los almendros se describe la epopeya de los derrotados por el nazifascismo internacional, en páginas llenas de angustia, dolor y terror, continuadas en Campo francés con nuevos detalles de horror. El nazifascismo llevó a cabo un genocidio atroz en España, pero las naciones que presumían de ser democráticas no querían enterarse.

Asesinatos legales

Los vencedores actuaron con absoluta impunidad, tanto durante la contienda como en la interminable posguerra. Tras la victoria publicaban los diarios las listas de los fusilamientos llevados a cabo la víspera, como una información normal; llegaron a ser tan extensas que dejaron de imprimirse. Algunos ensayistas disculpan las ejecuciones, alegando que en las retaguardias siempre se cometen actuaciones criminales, y eso es cierto, pero en este caso no cometían los crímenes sujetos incontrolados quizá depravados, sino que los ordenaban las autoridades militares vencedoras.
Aub relató la historia vivida y padecida por él. En Campo de sangre el médico socialista Julián Templado cuenta a un periodista extranjero cómo su padre fue denunciado acusándole de falangista, por un amigo al que ha-bía prestado diez mil pesetas que no deseaba tener que devolverle, como ocurriría si era ejecutado. Le explica que casos de falsas delaciones se dieron en la zona leal, pero en la sublevada se asesinó “legalmente”:

Aquí, por lo general, diéronse los paseos por motivos personales y mala baba; el resentido, vuelto delator si no tenía braveza suficiente para llevar a cabo la realización postrera de sus reconcomios. […] No sucedió así del lado de Franco, donde el impulso mortal era consciente, las listas previamente establecidas y los denunciadores del mejor mundo. (Sangre, pp. 39 s.)

Lo mismo aduce un supuesto corresponsal del autor al final de Campo de los almendros, sobre las muertes violentas ocurridas en las dos zonas enfrentadas, con sus características opuestas:

[…] lo que nadie podrá ocultar, olvidar ni borrar es que [en la zona leal] se mató porque sí. Es decir, porque fulano le tenía ganas a mengano, con razón o sin ella. Ese es otro problema. Pero allá, del otro lado, y aquí, cuando entraron, mataron a sabiendas de quien mandaba. Se mataba con y por orden, con listas bien establecidas, medidas. (Almendros, pp. 542 s.)

La guerra no terminó con la victoria de los sublevados, sino que se prolongó con la represión, mediante los consejos de guerra sumarísimos que duraban unos pocos minutos, puesto que la sentencia era siempre la misma: pena de muerte “por auxilio a la rebelión”. A los condenados con amigos influyentes se les conmutaba por un elevado número de años de prisión, que iban disminuyendo con el paso del tiempo. Toda España se convirtió en un inmenso campo de concentración custodiado por falangistas auxiliados por frailes. El hambre, los piojos y la tuberculosis fueron los compañeros inevitables de los condenados.

Una canción de gesta

El pueblo español fue traicionado, combatido, derrotado, escarnecido, encarcelado y fusilado si no consiguió exiliarse, un pueblo que defendió con más ánimos que armas su libertad y su dignidad. Perdió la libertad con la guerra, pero mantudo la dignidad ante el pelotón de fusilamiento, en la cárcel o en su peregrinaje por el mundo. El pueblo español fue el protagonista de aquella gesta contada y cantada en El laberinto mágico, porque es una canción de gesta desarrollada en prosa, ahora que ya no hay juglares para cantarla en las plazas de los pueblos.
Los personajes aparecen en varias escenas de novelas distintas, pero ninguno es protagonista de la serie: el único protagonista es el pueblo español armado de esperanza para defender a la República. No lo consiguió, pero su gesta fue heroica. Se lo explicó un maestro de escuela y capitán forzoso de artillería, Claudio Piqueras, a su hijo de cinco años, en Campo de los almendros, mientras aguardaban la llegada de una esperanza salvadora con forma de barco, que nunca alcanzó la costa:

Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides. (Almendros, p. 405.)

No se olvidará su gesta gracias a crónicas como El laberinto mágico. Max Aub actuó en ese caso a la manera de un cronista narrador de unos acontecimientos observados por él mismo o escuchados a testigos presenciales, por lo que manifiestan un tono de veracidad y a la vez sencillez incomparables. Al unificarse los trabajos del novelista y el historiador en una misma escritura, el relato es simple y directo, como una crónica periodística redactada en el lugar de los hechos, al mismo tiempo que emotiva por tratarse de unos acontecimientos que cambiaron por completo la vida de los españoles, incluido el autor.

Bibliografía citada:
ABIERTO: Campo abierto, México, D. F., Tezontle, 1951.
ALMENDROS: Campo de los almendros, México, D. F., Joaquín Mortiz, 1968.
CERRADO: Campo cerrado, México, D. F., Tezontle, 1943.
DIARIOS: Diarios (1939—1972), ed. de Manuel Aznar Soler, Barcelona, Alba, 1998.
MORO: Campo del Moro, México, D. F., Joaquín Mortiz, 1963.
SANGRE: Campo de sangre, México, D. F., Tezontle, 1945.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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Homenaje debido al general Torrijos

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

Considerados reos de alta traición el rey ordenó su fusilamiento, sin juicio ni defensa. Conducidos al convento franciscano del Carmen, en El Perchel, se le comunicó que en la mañana de domingo día 11 serían fusilados de real orden

Fue el primer cuadro encargado para exponerlo en el Museo del Prado, y ahora representa a todo el Museo en la exposición “Una pintura para una nación. El fusilamiento de Torrijos”, abierta al público entre el 26 de marzo y el 30 de junio de este 2019. En realidad el título del cuadro es Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, un óleo sobre lienzo de gran tamaño, 390 por 601 centímetros, encargado a Antonio Gisbert (1834—1902) en 1886 por el Gobierno de Práxedes Mateo Sagasta. La orden de compra y entrada en el Museo está fechada el 28 de julio de 1888, de modo que tardó dos años en realizarlo.

Esta exposición es una de las varias programadas para celebrar el centenario de la creación del Museo, el 19 de noviembre de 1819, como Museo Real de Pinturas, porque se reunieron en él algunas de las obras pertenecientes a las colecciones reales. La orden la dio el tirano Fernando VII, el que iba a ordenar en 1831 el fusilamiento de los patriotas retratados en el óleo, pero la idea fue de su segunda esposa, Isabel de Braganza: a él no le importaban nada las artes, ni otra cosa que mandar y ordenar matar.
En 1868 la Gloriosa Revolución del 18 de setiembre expulsó de España a la reina Isabel II con su Corte de los Milagros. La ley de 18 de diciembre de 1869 abolió el patrimonio de la Corona, con lo que el Museo dejó de ser Real para convertirse en Nacional. El primer director del Museo nacionalizado fue precisamente Antonio Gisbert, hasta el 16 de julio de 1873, con la I República, en que cesó para trasladarse a residir en París.
No quiso seguir el modelo de Goya en Los fusilamientos del 3 de mayo, sino que apuntó la presencia del pelotón encargado del fusilamiento al fondo del cuadro. En primer término a la izquierda representó a algunos patriotas ya fusilados, con los ojos vendados, pero las figuras centrales son las del general Torrijos y sus compañeros, atendidos por frailes franciscanos. El lugar preferente lo ocupa Torrijos, y a su lado se distinguen al liberal británico Robert Boyd, que había entregado su fortuna para realizar esa aventura, con el que fuera presidente del Congreso Manuel Flores Calderón, y el exministro de la Guerra Francisco Fernández Golfín, entre otros.
El trabajo realizado por Gisbert fue, pues, de gran realismo y meticulosidad. Viajó a Málaga para conocer el lugar de la ejecución, estudió los proyectos de los revolucionarios, buscó sus retratos, y consiguió una obra maestra de la pintura, que es además una exaltación de la libertad frente a la tiranía real, pero de manera serena, sin la estridencia de Goya.

En lucha por su ideal

José María de Torrijos y Uriarte nació en Madrid el 20 de marzo de 1791, en la calle de Preciados. Pertenecía a una familia de la nobleza, por lo que fue paje de Carlos IV, y siguió estudios militares y de ingeniería entre 1804 y 1808. Al producirse la insurrección popular contra el ejército francés, entrado en España con la autorización de Carlos IV y su ministro para todo Manuel Godoy, combatió con las tropas nacionalistas, y al terminar la guerra había alanzado el grado de general de brigada.

Se equivocó de bando, ya que los insurrectos combatieron para echar al rey José I, un hombre culto que dio a España su primera Constitución, la de Bayona, en 1808, y colocar en el trono al embrutecido Fernando VII, quien muy pronto demostró su carácter, al ordenar la muerte de cuantos sirvieron al rey José, o simplemente se les consideraba afrancesados. Comenzó el reinado del terror en cuanto se estableció en el trono en 1814.
Opuesto al absolutismo, como le obligaban sus ideas liberales, Torrijos fue encarcelado el 28 de diciembre de 1817. El pronunciamiento del heroico general Rafael de Riego el 1 de enero de 1820, que obligó al rey tirano a jurar la Constitución de Cádiz de 1812, le devolvió la libertad y su graduación militar. Durante el trienio liberal ascendió a mariscal, y se le confió el mando de la V Región Militar, en Navarra y Euskadi. Nombrado ministro de la Guerra el 1 de marzo de 1823, Fernando VII revocó la orden, porque sabía que en París se preparaba otra invasión militar, esta vez con la intención de devolverle los plenos poderes absolutistas,
En efecto, el 7 de abril cruzaron la frontera los llamados cien mil hijos de san Luis al mando de Louis Antoine de Bourbon, duque de Angulema, con lo que dio comienzo la conocida en la historia como década ominosa, cuando los peores instintos del tirano tuvieron la oportunidad de llevarse a cabo contra sus vasallos. Pudo Torrijos exiliarse en Inglaterra, desde donde conspiró para librar a su patria del terror desatado por Fernando VII.

La aventura traicionada

Organizó una Junta Revolucionaria, a la que se unieron los exiliados españoles, y también el aventurero millonario Robert Boyd, quien desinteresadamente le ofreció toda su fortuna para la liberación de España. Lo que no podía imaginar es que el gobernador militar de Málaga, Vicente González Moreno, estaba al tanto de todos los planes, porque entre sus partidarios se había infiltrado un traidor. Es un personaje al que conocían con el nombre de Viriato, lo que debía haber hecho dudar sobre sus intenciones, puesto que el caudillo Viriato fue traicionado y muerto por sus hombres.
Viriato convenció a Torrijos para que se dispusiera tomar Málaga, en donde efectivamente los conjurados contaban con simpatizantes, dispuestos a secundarles cuando entraran en acción. El 30 de noviembre de 1831 partieron de Gibraltar los 53 patriotas en dos barcos, el Santo Cristo del Grao y el Purísima Concepción, fletados por Torrijos y sus compañeros, e ingenuamente aceptaron que les acompañase el guardacostas Neptuno, supuestamente unido a la conspiración.
A la altura del cabo Calaburra el Neptuno disparó contra los dos buques, y sus tripulantes debieron lanzarse al mar para evitar la muerte. Ganaron la costa a nado, pero allí les aguardaban 2.500 militares fernandinos para matarlos o capturarlos. Era el 2 de diciembre.
Torrijos y 49 compañeros alcanzaron la Cala del Charcón, cerca de Fuengirola, y se refugiaron en la Alquería del Conde de Molina, en donde fueron apresados a las 8 de la mañana del día 5. Considerados reos de alta traición el rey ordenó su fusilamiento, sin juicio ni defensa. Conducidos al convento franciscano del Carmen, en El Perchel, se le comunicó que en la mañana de domingo día 11 serían fusilados de real orden.

La carta de un héroe

Pasaron la noche en capilla, dedicados a la meditación y a escribir cartas de despedida a sus familiares. La que Torrijos redactó para su esposa, Luisa Sáenz de Viniegra, se conserva en el Congreso de los Diputados. En sus párrafos principales le decía:

Amadísima Luisa mía: voy a morir pero voy a morir como mueren los valientes. […] De la vida a la muerte hay un solo paso y ese voy a darle sereno en el cuerpo y el espíritu. He pedido mandar yo mismo el fuego a la escolta: si lo consigo tendré un placer, y si no me lo conceden me soneto a todo […]

Al amanecer fueron conducidos a la playa de San Andrés, esposados y con grilletes en los pies, y allí fusilados en dos tandas, por lo que unos cuerpos cayeron sobre otros, y así les dieron el tiro de gracia. Todos gritaron antes de morir “¡Viva la libertad”. Para aumentar la perfidia y el odio de los sicarios de Fernando VII, sus cadáveres fueron cargados en unos carromatos y paseados por Málaga, hasta conducirlos al cementerio de San Miguel. Se les enterró en una fosa común, excepto a Torrijos y a López Pinto, que ocuparon sendos nichos. El 11 de diciembre de 1842 quedó inaugurado un mausoleo en el que reposan sus restos, honor concedido por la ciudad a quienes dieron la vida por intentar salvar a España de la tiranía borbónica.
Consciente del horror causado por su marido, la reina gobernadora, María Cristina de Borbón, concedió a título póstumo a Torrijos el título de conde de Torrijos. Su viuda unió sus recuerdos personales con los documentos de su marido, y publicó en 1860 dos volúmenes titulados Vida del general don José María de Torrijos y Uriarte, escrita y publicada por su viuda, L. Sáenz de Viniegra, condesa de Torrijos, impresos en Madrid en la imprenta de Manuel Vinuesa.
La figura del general Torrijos ha motivado biografías y poemas, el más conocido de ellos el soneto firmado por José de Espronceda, que Machado sabía de memoria, aunque nada es comparable al cuadro de Gisbert. Su historia confirma que el valor de los héroes suele quedar vencido por la traición, como tantas veces ha sucedido. No olvidemos su ejemplo.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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Pérez de Ayala denunció la pederastia frailuna hace 119 años

Arturo del Villar*. LQS. Abril 2019

Su segunda novela, A. M. D. G. La vida en los colegios de jesuitas, impresa en Madrid para la entonces prestigiosa editorial Renacimiento, apareció en noviembre de 1910, alcanzó tanto éxito que al año siguiente se reeditó, y volvió a ser impresa en 1923 y en 1931, año en que también se estrenó su adaptación teatral

La sociedad ha perdido el miedo a la Iglesia catolicorromana, a nadie le asustan ya sus anatemas y excomuniones, por lo que en todo el mundo se suceden las acusaciones de pederastia contra curas y frailes. Incluso ha empezado a denunciarse a los clérigos en España, último reducto del integrismo debido a que su rey ostenta el título de rey católico, por concesión del repugnante papa Alejandro VI en 1496.
A la Iglesia catolicorromana no le ha quedado más remedio que asumir una realidad conocida por todos, pero silenciada hasta hace poco tiempo. La corrupción sexual alcanza hasta al Colegio Cardenalicio, el sumo consejo asesor del papa, y encargado de su elección.
El 15 de marzo de 2015 fue aceptada la renuncia del cardenal Keith Michael Patrick O’Brien, arzobispo emérito de Saint Andrew and Edinburgh, al admitir que su vida sexual no había sido la adecuada, después de quedar probado que abusó de menores.
El 20 de junio de 2018 el actual papa suspendió del ministerio activo al cardenal Theodore McCarrick, arzobispo emérito de Washington, y el 28 de julio lo expulsó del Colegio Cardenalicio, para terminar el 15 de febrero de 2019 privándole del sacerdocio, al quedar demostrada la comisión de abusos sexuales a monaguillos 45 años antes.
Otro cardenal, George Pell, considerado el banquero del Vaticano por ser el prefecto de la Secretaría de Economía, ha sido condenado el 26 de febrero de 2019 por un tribunal de Australia, su país de origen, al quedar probados los abusos sexuales sobre adolescentes cometidos en la catedral de Melbourne, donde era ejercía como arzobispo.
El 23 de marzo de este mismo 2019 le fue aceptada la renuncia al cardenal Ricardo Ezzati, arzobispo de Santiago de Chile, imputado en ese país por encubrir a una larga lista de sacerdotes acusados de pederastia.

Discusiones sin actos

Para intentar atajar esta situación que ha deshonrado a la Iglesia catolicorromana, los días 21 a 24 de febrero de 2019 se reunieron en el Vaticano 190 presidentes de conferencias episcopales. Las conclusiones le fueron entregadas al papa, mientras grupos de víctimas protestaban indignadas al considerar que todo era una pamema ineficaz.
Ya los días 23 y 24 de abril de 2002 el entonces papa Juan Pablo II convocó en el Vaticano a los cardenales y obispos de los Estados Unidos, por ser el país que más denuncias de pederastia sacerdotal tramita. Muchas diócesis estadounidenses se hallan en quiebra, a consecuencia de las indemnizaciones que deben pagar a las víctimas, por sentencia judicial. También el minúsculo Estado Vaticano, siempre floreciente antes, gracias al llamado óbolo de san Pedro que recibe de todo el mundo, entró en quiebra en 2014, por ese motivo. La venta de bulas, indulgencias, imágenes milagreras, rosarios bendecidos por el papa e incluso títulos nobiliarios, ya no es capaz de cubrir el déficit causado por el pago de indemnizaciones a víctimas de curas y frailes.
Su sucesor, Benedicto XVI, también convocó a los cardenales de todo el mundo en el su sede el 19 de noviembre de 2010, con igual propósito de poner fin a esa costumbre tradicional de los clérigos. Aunque es posible que las intenciones sean buenas, resulta imposible apartar del ejercicio sacerdotal a todos los acusados, porque cerraría la Iglesia catolicorromana. Que es lo que debiera hacer, admitir su corrupción y disolverse. Pero hay que mantener ese inmenso negocio internacional, que guarda sus reservas de oro en la base militar de Fort Knox, en Kentucky, junto con las de los Estados Unidos, el lugar más protegido de la Tierra.
En España hasta hace muy poco tiempo no se presentaban denuncias contra sacerdotes, y las pocas aceptadas no prosperaron, porque los jueces absolvían a los denunciados y reconvenían a los denunciantes. Todos sabemos que aquí los casos de pederastia son habituales, especialmente los que hemos tenido la desgracia de estudiar en un colegio de frailes. Con intención de evitar la propagación de esa costumbre generalizada, la organización de Escuelas Católicas envió el 13 de marzo de 2019 a todos los directores de centros integrados en la entidad un protocolo de actuación, en el que se explica cómo encarar una denuncia cuando se presente.

Todo estaba anunciado

En España una novela había descrito con gran realismo el horror de los internados jesuíticos, por alguien que los padeció, Ramón Pérez de Ayala. Su segunda novela, A. M. D. G. La vida en los colegios de jesuitas, impresa en Madrid para la entonces prestigiosa editorial Renacimiento, apareció en noviembre de 1910, alcanzó tanto éxito que al año siguiente se reeditó, y volvió a ser impresa en 1923 y en 1931, año en que también se estrenó su adaptación teatral. Lamentablemente las autoridades no tomaron en consideración la atroz denuncia contenida en sus páginas, y por eso ha continuado el horror hasta hoy mismo.

Escribió lo que había visto en sus años de internado en dos colegios jesuíticos, en Carrión de los Condes primero y en Gijón después. Este último es el retratado en la novela, el Colegio de Segunda Enseñanza de la Inmaculada Concepción. En su fachada lucía las siglas de la divisa latina jesuítica, Ad Maiorem Dei Gloriam, esto es, “A la mayor gloria de Dios”, interpretada por los frailes en su beneficio, porque toda su tarea tiende a lograrlo así. No puede ser que crean en Dios, cuando cometen todas las aberraciones posibles.

El protagonista de A. M. D. G. es Alberto Díaz de Guzmán, Bertuco según el diminutivo asturiano, como lo es de las otras tres novelas iniciadoras de la narrativa del autor. En él reflejó Ayala sus recuerdos biográficos, según declaró varias veces. Por ejemplo, en el prólogo al libro póstumo de Julio Cejador Recuerdos de mi vida (Madrid, 1927), un jesuita decente que, por serlo, abandonó la Compañía de Jesús, harto de sufrir persecuciones de sus superiores jerárquicos, que eran inferiores a él en cultura y costumbres. Se cita por el tomo IV de las Obras completas de Ayala (Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2002, p. 699):

Conocí a don Julio Cejador de maestro en el colegio de San Zoil, de los padres jesuitas, en Carrión de los Condes, provincia de Palencia. Viví en aquel viejo monasterio los dos últimos cursos que fue colegio laico. Al tercer curso pasé al Colegio de la Inmaculada Concepción, en Gijón, de los jesuitas también, que se inauguró aquel año, y es el que describo en mi novela A. M. D. G.

Por lo tanto, no se puede dudar sobre el contenido autobiográfico del relato, puesto que el mismo autor lo proclamó en diversos escritos. Por recordar uno solo, en el artículo “La autobiografía de mis obras”, que citamos por una pésima edición de sus mal llamadas Obras completas, puesto que no incluyen precisamente A. M. D. G., mal ordenadas por J. García Mercadal para la editorial madrileña Aguilar; la cita está en el tomo IV, impreso en 1969, páginas 1003 y siguiente:

Me atrevo a hacer esta insinuación, ya que mi comunicante sostiene que jamás me trasparento en mis personajes y, por el contrario, la crítica y los lectores (y es el único pormenor en que los pareceres coinciden) han establecido el dictamen de que el ciclo de mis cuatro primeras novelas (A. M. D. G., Tinieblas en las cumbres, La pata de la raposa y Troteras y danzaderas) es simplemente una autobiografía aderezada.

Y en nota se copia un comentario aparecido en La Revue de Genève que hace referencia a “Cette serie d’autobiographies morales”, así que no puede discutirse la veracidad de la novela.

Otro mártir de los jesuitas, José Ortega y Gasset, que los padeció en el colegio de Miraflores del Palo, cerca de Málaga, se apresuró a publicar una glosa muy laudatoria de la novela inmediatamente de su aparición. En ella confirmó los horrores descritos por su amigo el novelista en otra latitud, pero con idénticos métodos de tortura, inolvidables para el resto de la vida de quienes los soportaron. La recopiló en su libro Personas, obras, cosas… (Madrid, La Lectura, 1922, p. 268 para la cita):

Sólo hallo una divergencia: Ayala envuelve las escenas de su muchachez en un paisaje del Norte, que conviene muy bien a la melancolía y al dolor de la vida que describe, al paso que la armadura de una infancia sometida a la pedagogía jesuítica me llega a mí bajo los recamos de un mediodía magnífico.

Recordemos un testimonio más de una víctima jesuítica, ofrecida por el escritor divulgativo Francisco Pina. En su ensayo Escritores y pueblo (Valencia, Cuadernos de Cultura, 1930, p. 52), también proclamó la veracidad del espantoso retrato fijado por Ayala sobre su experiencia con los jesuitas, por haberlo sufrido en carne propia y sentirse identificado con Bertuco y sus compañeros:

En la novela A. M. D. G. pinta la vida en un colegio de jesuitas; es tan fuerte y veraz la pintura, tan honrado y noble el propósito, que ningún padre que haya leído aquellas páginas se atreverá a cometer la felonía de dejar la educación de sus hijos en manos de los vástagos de San Ignacio. Quienes hemos pasado algunos años de nuestra niñez en un colegio semejante, sabemos bien el cúmulo de verdades que se amontonan en esta hermosa novela.

Al divulgarse ese espanto cotidiano hubieran debido tomarse medidas para impedir que continuase, pero nadie se atrevía entonces a actuar contra los todopoderosos jesuitas. Por eso la llamada Compañía de Jesús mantiene abiertos colegios y universidades por todo el mundo. Es la peor compañía para unos adolescentes que empiezan a conocer la vida, con pésimos ejemplos de conducta. Con los testimonios confirmatorios de la veracidad del relato se puede formar un grueso volumen. A pesar de ello, los jesuitas continúan cometiendo los mismos abusos y acumulando riquezas y poder.

Un cubano también lo contó

Sin duda Ayala tuvo en cuenta, para describir su trágica experiencia, un precedente que trató el mismo asunto tres años antes que él. El escritor cubano instalado en Madrid Alberto Insúa publicó como folletón en la revista semanal madrileña La República de las Letras su novela De un colegio de jesuitas. Dulces memorias, en los números 2, 3, 4 y 5, fechados en abril y mayo de 1907.
El subtítulo resulta sorprendente, porque las memorias revividas en estas páginas no tienen nada de dulces, sino mucho de amargas. Describen la estancia del niño Gaspar de Isla en un colegio jesuítico, desde su llegada hasta su expulsión por haberse disfrazado con la negra sotana frailuna para delatar a uno de ellos, que abusaba sexualmente de los internos. Ya en el primer capítulo un jesuita hace objeto al protagonista de su lascivia, al sentarle sobre él y dedicarle besos y caricias.
Hay muchos otros novelistas que han denunciado las atrocidades jesuíticas. Por ejemplo, Vicente Blasco Ibáñez en La araña negra (1892), con una continuación en El intruso (1904), exposición del dominio que los taimados frailes llegan a alcanzar sobre las familias adineradas, a las que destrozan para conseguir sus fines. Sin embargo, la novela de Ayala concuerda con la de Insúa en resaltar el sadismo y la lujuria, por lo que debe considerarse su precedente.

Un mal ejemplo

Los frailes pretenden ponerse como ejemplo de piedad, cuando lo que consiguen es hacer abjurar a sus alumnos de la fe. Quizá los jesuitas cumplen exactamente su cuarto voto, el de obediencia al obispo de Roma, pero los tres comunes a todos los consagrados de castidad, pobreza y obediencia es seguro que los infringen. A consecuencia de esa terrible experiencia, Ayala perdió la fe inicial, la aprendida en el hogar burgués de sus padres, con la que llegó al colegio. Es lo habitual en los alumnos de colegios frailunos de cualquier orden, como puedo atestiguar por haber sufrido a los escolapios, esos cínicos que denominan Escuelas Pías a sus colegios, y son las más impías que cabe imaginar.
Es imposible contemplar las acciones de unos frailes lujuriosos, ignorantes, viciosos, ávidos de dinero y de poder, sin sentir rechazo en cualquier mente sana, por juvenil que sea. Por ello, al perder la inocencia precisamente por causa de las torpes aberraciones frailescas, se pierde al mismo tiempo la fe heredada: son intolerables las predicaciones de tan abominables pecadores, ellos son la representación del pecado.
La consecuencia de aquella traumática experiencia se la explicó Ayala en una confidencia hecha al crítico Andrés González Blanco, quien la reprodujo en su ensayo Los contemporáneos. Apuntes para una historia de la literatura hispanoamericana a principios del siglo XX. Primera serie (París, Garnier Hermanos, s. a., ¿1907?, p. 208):

Lo que no sabe usted, y es muy importante, es que he perdido hace algún tiempo otro divino tesoro, que es la fe. Pero en cuanto le diga que estudié seis años con jesuitas (dos en Carrión de los Condes y cuatro en Gijón) se explicará usted fácilmente esta segunda pérdida.

Al comienzo de la novela adelanta Ayala cuál va a ser la suerte que les espera en la vida a los compañeros de curso de Bertuco: uno morirá frenético con parálisis general, otro alcohólico, dos internados en manicomios, cinco tuberculosos, otro será homosexual pasivo, otro se hará jesuita, otro más será alcalde de pueblo, y el que encuentra la muerte más inmediata es el que no puede seguir soportando la vida en la cárcel llamada colegio y se escapa, pero fallece al caer al mar desde un acantilado durante la noche. Aparte los tuberculosos y el alcalde, así como el mismo Bertuco, los demás son resultado de la mala educación recibida.

Una educación jesuítica

Vamos a repasar algunas de las escenas más truculentas, que obligan al lector a tomar una actitud crítica hacia la llamada Compañía de Jesús, más bien de Satanás. Se cita siempre por el primer volumen de las Obras completas de Ayala, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 1998.
La educación de los niños consiste en dividirlos en grupos enemigos, de forma que se impida su unidad de acción, lo que representaría un peligro para los frailes deseosos de dominar sus voluntades:

El sistema de emulación, mediante el cual los niños ignoraban el concepto de lealtad y compañerismo no viendo los unos en los otros sino émulos, es decir, enemigos del propio bien, seres tortuosos, les estaba encomendado a los maestrillos, en las cátedras. Cada clase se dividía en dos bandos, romanos y cartagineses, con sus estandartes correspondientes. (P. 337.)

El colegio está situado en las afueras de Regium, nombre dado en la novela a Gijón, por lo que el cocinero utiliza los servicios de un asno para traer las provisiones. Lo han bautizado con el nombre de Castelar, como burla al político republicano (p. 348).
Papel protagonista tiene el padre Mur, el más sádico y lascivo del convento; somete a los alumnos a crueldades inimaginables en una mente equilibrada, tantas que asustan hasta a sus compañeros. Una comisión de los frailes acuerda denunciarlo al rector, para que impida la continuación de esos procedimientos inhumanos, pero el superior no les permite que digan nada, y él es quien protesta airado y asustado:

–¡Una comisión…! ¡Una comisión…! En la milicia de Ignacio nacen los retoños primeros del sistema democrático… Y a ustedes cinco corresponde la honrosa empresa… Retírense por Dios vivo, y hagan por aliviarme de esta pesadumbre que me imponen. ¡El sistema democrático! (P. 375.)

Efectivamente, la orden está sometida a una escala jerárquica dictatorial, como toda la Iglesia catolicorromana. Cuando Bertuco se encuentra mal acude a la enfermería, en donde es atendido a su manera por el enfermero, que investiga la causa de la indisposición allá por donde le satisface ejercitar la exploración para su deleite libidinoso:

A poco de quedarse solo llegó el hermano Echevarría, enfermero, el cual le hizo varias preguntas, inquiriendo los síntomas de la dolencia; le pulsó, le tocó las sienes, por ver si tenía calentura y, a la postre, introduciendo la mano por debajo del embozo, le tanteaba con dos dedos el vientre, punto por punto, e interrogaba: “¿Te duele aquí?, ¿y aquí?”, bajando siempre, con tendencia a la coyuntura de los muslos, hasta llegar a lo que Celestina denomina graciosamente el rabillo de la barriga, al cual tomó por la base, así como al descuido y a manera de accidente en el examen facultativo; entretúvose con él buen espacio de tiempo, que fuera de cierto más largo si la manifiesta inquietud y turbación del muchacho no le hubieran obligado a abandonar la débil presa. (P. 375.)

El repulsivo padre Mur odia a Bertuco porque “en cierta ocasión, había repelido coléricamente las asiduidades cariciosas y pegajosas del jesuita” (p. 449). Aprovecha la disculpa de sorprenderlo hablando con un compañero de fila para darle “una sonora y recia bofetada”, y lo lleva agarrado por una oreja hasta el pasillo de los retretes, en donde le obliga a arrodillarse y hacer una cruz con la lengua en el suelo.
Como el muchacho no obedece le pega puñetazos en la nuca y se la pisa, hasta dejarle la cara llena de sangre. Después le ordena que permanezca arrodillado en el refectorio sin cenar, y que a continuación se quede de rodillas en su habitación hasta que él vaya a levantarle el castigo. Cuando aparece lo hace como un fantasma lascivo:

Allá, muy avanzada la noche, se le apareció Mur de pronto. Venía envuelto en una manta de Palencia y descalzo. Sin decir palabra, arremetió sobre Bertuco a puñadas y rodillazos, estrujándolo contra los hierros de la cama. Con el furor de la arremetida, la manta se le desprendió de los hombros, dejándolo en ropas muy menores y descuidadas, a través de las cuales mostraba velludas lobregueces, y las vergüenzas, enhiestas. Cuando tuvo al niño bien molido, se fue, cerrando la portezuela de golpe. (P. 452.)

El tormento continúa cuando hora y media antes de la señalada para levantarse, el padre Mur lo despierta a pellizcos, le obliga a estar arrodillado en la capilla y le prohíbe desayunar. A consecuencia de tales tormentos Bertuco sufre una crisis nerviosa y se desmaya. Llamado a consulta el médico de la localidad, recomienda que avisen a los familiares del enfermo, porque no está seguro de lo que sucede y de lo que vaya a ocurrir. No ha visto nunca un caso semejante, como es lógico.
Bertuco es huérfano, por lo que está al cuidado de su tío y tutor. Acude enseguida al colegio con un amigo médico, quien al examinar al muchacho descubre los malos tratos en su cuerpo. Deciden llevárselo del colegio, y uno de los frailes, el padre Atienza, personaje que representa a Julio Cejador, aprovecha la oportunidad para fugarse con ellos, hastiado de soportar aquel ambiente carcelario. En la carretera se produce este diálogo entre el médico y el jesuita en fuga, con el que termina la novela:

–¿Cree usted que se debería suprimir la Compañía de Jesús?
–¡De raíz! (P. 458.)

Ortega y Gasset concluyó su comentario crítico, ya citado, copiando ese diálogo, y añadió esta consideración personal del ensayista, en las páginas 273 y siguiente:

Bueno; yo no soy partidario de que se suprima a nadie ni de se que se expulse a nadie de la gran familia española, tan menesterosa de todos los brazos para subvenir a su economía. No obstante, la supresión de los colegios jesuíticos sería deseable, por una razón meramente administrativa: la incapacidad intelectual de los reverendos padres.

Nótese el sarcasmo de llamar reverendos a tan nefastos sujetos, juzgados por otro de sus antiguos alumnos. ¿Qué poder oculto poseen los jesuitas para que las denuncias contra sus métodos de enseñanza no obliguen a las autoridades estatales a clausurar sus colegios, y a disolver la orden sectaria? Se les considera la milicia del papa, por el voto de obediencia ciega que le hacen, y parecen una organización militar.
Tuvo que llegar la II República para que las Cortes Constituyentes se atrevieran a poner freno a su prepotencia sobre la sociedad española, y un Gobierno aplicase (en parte) las disposiciones del texto legal.

La República trajo la libertad

El 10 de febrero de 1931 se publicó en los medios de comunicación el manifiesto constitutivo de la Agrupación al Servicio de la República, cuando ya se advertía que su proclamación era inevitable e inminente. Lo firmaban Ramón Pérez de Ayala, José Ortega y Gasset y Gregorio Marañón, seguros de adelantarse a un acontecimiento histórico. Y así fue, porque al 14 de abril siguiente el despreciado rey Alfonso XIII huyó de palacio a toda la velocidad de su automóvil, dejando a su familia encomendada a la protección de los madrileños. Aquel día se inauguró una etapa de libertad para la mayor parte de los españoles, y de odio reconcentrado para algunos otros. El día 22 Ayala fue designado embajador de la República en el Reino Unido, una misión difícil, porque el rey británico era pariente de la exreina española, lo que le hizo oponerse al nuevo régimen instaurado por la voluntad del pueblo.
También la Iglesia catolicorromana patentizó su rechazo de la República desde el primer día. El 14 de octubre las Cortes Constituyentes aprobaron el polémico artículo 24, que finalmente fue 26 en el definitivo texto constitucional, por el que se adoptaban medidas para controlar el poder eclesial, hasta entonces inmenso. El presidente del Gobierno provisional, Niceto Alcalá—Zamora, y el ministro de la Gobernación, Miguel Maura, antiguos monárquicos y fanáticos catolicorromanos, dimitieron de sus cargos. Inmediatamente fue elegido Manuel Azaña, agnóstico, presidente del Gobierno provisional.

Adaptada al teatro

El momento político le pareció apropiado a la editorial Pueyo para reeditar A. M. D. G., y el autor introdujo algunas modificaciones al texto primitivo para la nueva publicación. Otros supusieron que podría ser un éxito adaptar la novela al teatro, aprovechando la actualidad del tema, y así lo hicieron López de Carrión y Martín Galiano.
El autor de la novela pidió a Cipriano de Rivas Cherif, prestigioso hombre de teatro en sus diversas facetas, además de cuñado de Azaña, que dirigiera la obra, y él aceptó el encargo, según recordaba en la biografía que tituló Retrato de un desconocido. Vida de Manuel Azaña (Barcelona, Grijalbo, 1981, p. 213). Parece ser que Ayala asistió a los ensayos, pero no quiso inmiscuirse en la tarea del director, aunque había sido crítico teatral, y muy duro en sus comentarios.
Como era previsible, el estreno fue un escándalo. Tuvo lugar el viernes 6 de noviembre, a las 22,30, en el Teatro Beatriz. Nada más levantarse el telón comenzaron los disturbios, programados por los secuaces de los jesuitas: decían que se trataba de una obra sectaria y blasfema, que no debía representarse. De modo que pretendían imponer su voluntad a cuantos habían adquirido una entrada para ver la representación: es la actitud habitual de la Iglesia catolicorromana, porque se considera la única verdadera, con derecho a aplicar su criterio y matar a los disidentes.
Desde el teatro avisaron del suceso a la Dirección General de Seguridad, que envió a una compañía de guardias de Seguridad. Algunos reventadores fueron expulsados a la fuerza, con empleo de violencia, en medio de un enorme griterío a favor y en contra de unos y de otros. Al finalizar el primer acto se repitieron los pateos y abucheos, pero al empezar el segundo era tal el griterío que resultaba imposible oír a los actores. Nueva petición de ayuda a los responsables del orden, quienes esta vez enviaron a una compañía de guardias de Asalto, para que restablecieran la paz, lo que se pudo conseguir y acabar la representación.
Se practicaron 45 detenciones, y se comprobó que entre los arrestados había varios militares en activo. El testimonio de Santos Martínez Saura delata a uno de los alborotadores, según se lee en sus Memorias del secretario de Azaña (Barcelona, Planeta, 1999, p. 118):

Por aquellos mismos días se apresó también al comandante Méndez Vigo –con quien yo había tenido, por cierto, un buen altercado en una representación de la obra A. M. D. G., de Pérez de Ayala, en el Teatro Infanta Beatriz [sic], de Madrid, al presentarse él allí con unas gentes a provocarnos a quienes aplaudíamos al autor, […].

No tuvo en cuenta El Planchadito, como le apodaban los amigos, que el teatro había perdido la referencia infantesca en su nombre desde la proclamación de la República, y ya sólo era Beatriz. Lo cierto es que las protestas no surgieron de forma espontánea, sino que estaban programadas de antemano. El autor abandonó el teatro sin esperar a que terminase el espectáculo, aunque para entonces solamente se daba en el escenario, y se dice que estaba arrepentido de haber autorizado la adaptación.
Manuel Azaña y su esposa acudieron al teatro el 16 de noviembre, y Ayala los acompañó en el palco. Ese día se interpretó el Himno de Riego y se vitoreó a la República, sin que se produjera ningún alboroto. Como era obligado, las fuerzas del orden estaban visiblemente presentes, para proteger al jefe del Gobierno provisional.
La denominada Compañía de Jesús, una sociedad anónima con empresas en todo el mundo, fue muy beligerante contra la República Española. Su prepósito general en 1936, el padre Wlodomir Ledokowski, ordenó a los superiores nacionales de la orden que hicieran propaganda a favor de los militares monárquicos sublevados, y difundieran la Carta colectiva del Episcopado español entre los feligreses.

Una novela testimonial

Con motivo de la aparición de la novela, que también originó escándalos, aunque menos sonoros que los de su estreno teatral, el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid organizó un ciclo de conferencias para glosar diversos aspectos de los tratados en sus páginas. Fueron seguidas con expectación y sin provocaciones. Los oyentes se hallaban de acuerdo con el argumento, y añadían incluso otras anécdotas.
Al clasificar A. M. D. G. parece convenirle la condición de novela de tesis, porque denuncia las aberraciones habituales en los colegios regidos por jesuitas, semejantes a las cotidianas en los administrados por las demás órdenes religiosas. Pero los gobiernos prefieren no enterarse, para evitar enfrentamientos con la Compañía de Jesús, un poder inmenso en el inmenso poder de la Iglesia catolicorromana en España. En las novelas suelen inventarse situaciones especiales para distraer la atención de los lectores, pero la escrita por Ayala carece de invención, es de un realismo agobiante. Asimismo le cabe la calificación de autobiográfica, de acuerdo con los argumentos vistos anteriormente Y desde luego es una novela testimonial, porque otros alumnos de colegios clericales defendemos la realidad de su escritura, basada en la experiencia personal del autor.
Puesto que nada ha cambiado en el siglo transcurrido desde la primera edición, e incluso en estos momentos consigue una radical actualidad por las continuas denuncias de pederastia contra cardenales, arzobispos, obispos, abades, frailes y curas del romanismo, A. M. D. G. mantiene plena vigencia. Si en su momento las autoridades políticas hubieran comprendido que tanto el autor como los comentaristas, todos intelectuales prestigiosos, denunciaban una situación aberrante, pero cotidiana en los colegios jesuíticos, y por extensión en todos los frailunos, y tomado medidas para impedir su continuidad, muchísimos jóvenes se habrían librado de servir a la lujuria eclesiástica. Sin embargo, la alianza secular entre el altar y el trono impidió que se tomara en cuenta su testimonio.
La República sí lo hizo: el artículo 26 de la Constitución disolvió la Compañía de Jesús, nacionalizó sus bienes y los aplicó a fines benéficos, y el punto 4º prohibió a todas las órdenes religiosas “ejercer la industria, el comercio o la enseñanza”. Por eso la Iglesia catolicorromana se propuso acabar con ella, y dado que su poder es omnímodo, lo consiguió.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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